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Su cautiverio duró 14 años. Grupos de tratantes mexicanos la prostituyeron en campos de trabajo de Estados Unidos. Durante todo ese tiempo fue obligada a tener 30 o 40 relaciones sexuales cada día. Por las noches, ella y otras niñas y adolescentes eran encerradas en cajas de madera, “jaulas como de perro”.


“Éramos muchos. Niños y niñas”, recuerda.


A todos los habían arrancado de sus países de origen —Nicaragua, Honduras, El Salvador, Guatemala— con la promesa de pasarlos al otro lado del Bravo. A todos los habían vendido a mitad del camino a dueños de bares y antros de Chiapas, Veracruz, Tlaxcala y el Estado de México. Personajes que después de algún tiempo los “cambiaban” o revendían a otros tratantes.


Rosa Castillo, vendida a los doce años de edad en Ciudad Hidalgo, Chiapas, fue obligada a recorrer bares sórdidos y oscuros del centro y el sur de México. Luego de unos años la trasladaron a distintas ciudades fronterizas: Tijuana, Juárez, Piedras Negras.


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