Pienso en David. Lo acababan de ascender en el periódico. Estaba a punto de casarse. Durante una semana exacta, según dijo, se sintió como si estuviera de luna de miel con la vida. Pero eso duró solo una semana. A los ocho días de su nombramiento como jefe de redacción en un periódico del norte del país, recibió una llamada. Venía de un número desconocido.
—Un gusto saludarlo, licenciado. Del otro lado de la línea había una voz apagada, aguardentosa. Su interlocutor no se presentó. Solo dijo:
—Mire, no queremos problemas con ustedes. Son chingaderas lo que están haciendo con nosotros y no queremos actuar a la mala, ¿sí me entiende, licenciado?
La voz se quejó de que el periódico fuera tan enérgico con su “empresa” y en cambio no atacara nunca a “los de enfrente”. La voz quería que el periódico le ayudara a difundir rumores, a “quemar” a quien él señalara.
Le ofreció a David una ayudadita, “para su casa, para su familia”. Le dijo que su patrón lo había mandado a pedirle este favor y a entregarle “un mensajito de unos cinco o seis mil dólares, sin compromisos”.
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