Etcétera

¡Es el cliché… periodista! (1)

“¡Es la educación, estúpidos!”, así tituló hace dos días un artículo David Jiménez, director del importante diario El Mundo de España; en abril, José Antonio Marina tituló el suyo (sin el plural) en El Confidencial, también de España (14.04.2015 antes, publicó un texto con el mismo título Isabel San Sebastián en el ABC español (03/10/2014 incluso hay un libro: “Es la educación, estúpido” de Editorial Planeta del 2012 y, supongo, habrá incontables títulos que usen esa ya sobada fórmula.

Como es del conocimiento mundial, la frase que sirvió de molde para las anteriores y otras parecidas, fue “Es la economía, estúpido”; que originalmente era “La economía, estúpido” (sin el verbo), inventada, como un recordatorio interno, por James Carville, estratega de la campaña electoral de Bill Clinton en 1992. Luego se popularizó como “Es la economía, estúpido”.

En un momento, acomodar el título de un artículo a esa frase, funcionaba para atraer lectores, pero, casi tres décadas después, su repetición la ha convertido en un cliché, y el periodista debe huir de ellos.

Como sostiene ese amante de las palabras que es Álex Grijelmo: “Nada destroza más el estilo que la frase hecha, el lugar común, el tópico, la idea esperada y consabida”.

O lo que afirma la periodista y escritora Rosa Montero. “El periodista debe tener ambición. Ambición de escribir bien, más allá de lo circunstancial y lo efímero”.

El periodista no solamente informa, también, por medio de su escritura, por la forma en que se expresa, educa al lector; sin embargo, en general, notamos un desprecio por la gramática, a pesar de que se cuenta con herramientas que hasta finales del siglo pasado sólo se soñaban. Son increíbles las infracciones al idioma que perpetran los reporteros (o articulistas y columnistas), que también mantienen un uso de frases hechas o de clichés que ya perdieron su valor expresivo, que restan brillo a la redacción y muestran un anquilosamiento en las fórmulas para escribir.

Hace muchos años, dice José Ramón Garmabella en su libro “El Guero Téllez”, a quien aspiraba ser reportero (auxiliar) y a quien se le asignaría la fuente policiaca, se le aplicaba un interrogatorio:

– ¿Cómo era el asesino?

– Torvo- (escribiría: “El torvo asesino”).

– ¿Y la pistola?

-Una pavorosa 45.

– ¿Y el puñal?

– Filoso y descomunal.

– ¿Y el camión que atropelló a…?

-Pesado camión materialista conducido por un cafre del volante que se dio a la fuga.

Y de esa manera algunas más. Quien respondía así ya tenía asegurado el trabajito. Esas fórmulas ya no se usan. Existen otras, que asimismo son obsoletas, algunas tan sobadas que ya no dicen lo que en su momento significaron, pero que algunos periodistas siguen usando.

Otros actores que deforman el idioma y son procuradores de frases, son los políticos; ellos inventan términos que los periodistas propagan y se quedan en el habla del pueblo. Parece que todos somos apostadores, ya que “se apuesta por la educación” (por el diálogo, por la paz, por el futuro…).

Es común que un reportero escriba: “Los maestros señalaron que ‘accionaran'[…]”; cuando “accionar” no significa lo que los profesores de la CNTE le endilgan al verbo.

En el siglo pasado, por ejemplo, para hacer alegorías o analogías de un tema o de un personaje de la política, los periodistas de ese tiempo, aludían a la mitología griega o a pasajes de la Biblia. Hoy, para desprestigiar a un político o funcionario, el periodista le dice, “la diputada Chimoltrufia”; con lo que deja entrever su cultura televisiva.

Desde que el periodista supo que, cuando se escapa el humo blanco en el Vaticano, se dice “Habemus Papam”, todo puede ser parecido: “Habemus, gobernador”, “Habemus diputado”, etcétera. Asimismo con lo de: “¡Muerto el rey, viva el rey!” (la frase original era: “El rey ha muerto, ¡Viva el rey!”) que usan ahora para un cambio de gobierno, por ejemplo.

Así pasa con el título de la novela de García Márquez: “Crónica de una muerte anunciada”; así será también “crónica de una visita anunciada” (de una reforma, de una caída, de una derrota, una devaluación… póngale lo que quiera, aunque el texto no sea una “crónica”.

Sobre el tema literario, desde hace mucho tiempo, cuando ocurre una conflagración (ya sea el incendio de una fábrica, un edificio, vehículos…) el reportero escribe: “El espectáculo era dantesco”. No importa si leyó o no la obra de Dante ni a qué círculos y torturas del Infierno se refiere el florentino. Y como el lector promedio de nota roja no lee a Dante, el término ha perdido su valor.

También se insiste es usar “vendimia” (tiempo en que se cosechan la uvas) con significado de venta de mercaderías. O “evento” (lo que no está planeado) como sinónimo de actos o actividades. Mientras la prensa lo use como legítimo, la gente lo usará como correcto.

Un verbo de moda en los medios mexicanos es “acusar”: “Acusa Duarte linchamiento por caso Narvarte”: La Razón, CNN, 20 Minutos y otros.

Acusar es Imputar a una persona la responsabilidad de un hecho que va en contra de la ley o la moral o que perjudica injustamente a otra: culpar, denunciar, delatar…

También indica la notificación de que se ha recibido un mensaje; lo cual no puede ser aplicado acá.

Acusar, asimismo, señala la manifestación o muestra la causa de una cosa o como consecuencia de ella: “aún acusa los efectos de su reciente enfermedad”. Reflejar la contundencia y efectos de un golpe recibido: “acusó con su gesto el gancho al hígado”.

“Acusa linchamiento” indica que la declaración del gobernador mostró las consecuencias de las imputaciones (le dolieron los señalamientos). Pero no es lo que quiso decir Duarte.

Ahora, si Duarte acusa, ¿a quién culpa o imputa, si está usando la primera acepción? Al público; lo acusó “de” lincharlo en los medios.

En realidad lo que quisieron decir los titulares, fue que ese personaje se queja de que lo acusen de asesino. Es decir, acusó a quienes lo acusan. No “acusa linchamiento”, sino acusa “de” linchamiento en su contra.

Siempre se acusa de robo, de asesinato, “de” algo. Nadie dice “lo acuso robar… lo acuso linchar”.

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