En este tiempo, donde es más fácil ser sabio que lo contrario, hay quien desea tener de nuevo a un personaje por alguna actitud o un éxito durante su gobierno. Se da el caso que hasta una organización lo publicita, como el Partido Libertario de México que pondera el porfiriato y aplaude a Porfirio y a su cómplice José Yves Limantour, porque, en ese tiempo, el peso valía igual que el dólar.
En 1910, alrededor del 85 por ciento de mexicanos era analfabeto (en las zonas rurales era superior, porque la mayoría de escuelas estaban en las ciudades pueblos enteros no sabían leer. Solamente el cinco por ciento de la población asistía a la escuela.
Porfirio no era de los que ponía y quitaba gobernadores, dice Luis González: “Por regla general, los gobernadores virreyes dejaban sus gubernaturas hasta que entregaban la vida”.
Los rurales, reclutados entre los mismos bandidos y pistoleros, tenían la facultad de disparar a discreción sin rendir cuentas a nadie. Aún se recuerda su prepotencia en el “Corrido de Arnulfo González”, éxito del “Piporro”:
“Arnulfo estaba sentado en eso pasó un rural.
Le dijo: oiga qué me ve.
La vista es muy natural.
El rural muy ofendido en la cara le pegó con su pistola en la mano con la muerte lo amagó.”
Seguían una consigna del presidente. Por eso don Justo Sierra dijo: “La paz reina en las calles… pero no en las conciencias”.
Millones de mexicanos andaban en harapos, laboraban 15 o más horas diarias y no podían siquiera mirar a los ojos al hacendado.
“Si la dictadura de don Porfirio significaba la vuelta de la Edad de Plata para los criollos y el clero, para el extranjero fue la Edad de Oro”, señala Lesley. B. Simpson. Se calculó que en el gobierno de Porfirio, el país era propiedad de 800 familias.
Un sistema parecido al feudal permaneció junto al capitalista. El gobierno favoreció a los seis mil dueños de haciendas cuyas extensiones fluctuaban de las mil a millones de hectáreas.
La ley de baldíos de 1894 declaró ilimitada la extensión de tierras adjudicables y suprimió la obligación de colonizarlas. Las compañías deslindadoras hicieron descomunales haciendas con las tierras sin dueño y con las privadas sin títulos. Propietarios sin papeles fueron echados a la calle.
Si los mexicanos con ciertos recursos o amistades cercanas al dictador se inflaban de dinero, los extranjeros eran reyes. Eran raros los negocios, fábricas o minas de los gringos que resultaran afectados por huelgas; para eso estaban prestos los rurales y el ejército. México era una colonia estadounidense. Casi regaló a los extranjeros y a sus íntimos cinco millones de kilómetros cuadrados de tierras nacionales.
Asimismo lo convencieron de “colonizar en propiedad” las tierras que conservaban los indígenas. Muchos protestaron, como los mayas o los yaquis. Los defensores del pueblo: los rurales y los soldados (de mayoría indígena también, gracias a la leva) los masacraron, y a los prisioneros se les vendió como esclavos para cultivar el henequén en Yucatán y el tabaco en Valle Nacional, en Oaxaca. De eso da cuenta muy bien J. Kenneth Turner en su libro “México bárbaro”.
Al final del porfiriato, menos del diez por ciento de las comunidades indígenas eran dueñas de la tierra en que vivían, por eso insistió tanto Zapata: “la tierra es de quien la trabaja”.
Quebró muchos periódicos, como el Monitor Republicano o El Siglo Diez y Nueve.
El suegro de Porfirio, Manuel Romero Rubio, era presidente del ferrocarril concesionado para la zona carbonífera entre Puebla y Tlaxiaco; y Porfirito Díaz llegó a ser gerente de El Águila.
Insisto; no mejoró ni medio punto por año en el renglón del analfabetismo, pues cuando tomó el poder México tenía un 90 por ciento de analfabetos, más de treinta años después, había un 85 por ciento de iletrados. Sólo creó dos escuelas normales.
Y faltan otras nimiedades…
Tal vez, quienes evocan el tiempo en que el peso estaba a la par del dólar, aceptarían de nuevo aquellas condiciones para el pueblo.
Los ignorantes que añoran a Porfirio invalidan, entonces, a los héroes de la Revolución mexicana.
Claro, si ignoran todo eso, también desconocen que hubo un largo periodo (55 años) en que el peso mexicano valía más que el dólar americano. Entre 1820 a 1875 —el periodo más trágico de México: asonadas, revoluciones, guerras de intervención y la de Reforma…— el peso costaba más de un dólar y era válido aquí, en EU y en China (y otros países de Oriente). El “peso” se llamaba “real de a ocho” era la moneda de plata de mayor denominación; el primer peso de plata fue acuñado en 1866.
Como deberían saber los que añoran esa moneda de plata, en los últimos años del siglo XIX caerían los imperios coloniales, USA se convertiría en potencia mundial y en lugar de la plata, el sistema monetario mundial se basaría en el patrón oro, por ello en 1903 la moneda mexicana cayó a 0.42 es decir, por un dólar se pagaban 2.38 pesos. José Yves Limantour hizo la primera modificación oficial al aceptar el patrón oro y, por sus fueros, decidió que el dólar valiera dos pesos. Así que, en el porfiriato inicia la historia de las devaluaciones en el siglo XX.
