De tronos y palos encebados

Una palabra no solo es capaz de definir conceptos y objetos, sino también establecer la forma en que nos relacionaremos con los actos, fenómenos o regímenes que simbolizan; apuntalando los discursos de legitimidad y los mecanismos de dominación. Tomemos dos términos que pueden definir el imaginario en torno al poder: “trono” y “palo encebado”.

Hablar de tronos remite inmediatamente al poder de un monarca terrenal o incluso divino, remitiendo casi de manera inmediata a una dominación absoluta. Quien se sienta ahí es por lo general infalible o inapelable en sus resoluciones y por ello desafiar al soberano se vuelve a menudo en un acto de traición. Dada su carga simbólica se podría considerar un arquetipo atemporal que inspira respeto y a menudo hasta temor.

El trono también condiciona el entorno. No puede haber un monarca sin rituales, himnos y protocolos que acentúen su autoridad a través de la solemnidad. A su alrededor se reúne una corte, formada por nobles de menor rango, donde imperarán las intrigas a la sombra del soberano. Y muy abajo está el resto de la población, conformada por plebeyos, llamados colectivamente “súbditos”: su papel será alabar al rey, sufrirlo cuando no es bueno y en casos extremos ayudar a derrocarlo guiados por algún cortesano.

Tan fuerte es el arraigo de esta palabra que incluso sirve para legitimar a un discurso de supuesta ruptura con los viejos cánones del poder. Por ejemplo, recientemente López Obrador dijo que le había mandado hacer una limpia a la silla presidencial. Dejemos a un lado la ocurrencia o el hecho de que hace casi un siglo Emiliano Zapata se haya referido a ese mueble como “la silla embrujada”: está marcando un antes y un después en torno a su figura, aun cuando las formas sean prácticamente las mismas de los años setenta del siglo pasado.

En 1874, justo al asumir el cargo de Primer Ministro del Reino Unido, Benjamin Disraeli que había escalado a la cima del palo encebado. Esta expresión abre nuevas formas de interpretar el poder a través de las posibilidades que ganan el juego y la imaginación. Incluso se podría decir que cambia radicalmente la visión de lo que debería ser el gobierno.

Una persona que asciende por un palo encebado debe cuidar cada uno de sus movimientos no solamente para subir, sino para mantenerse ahí. Por lo tanto, se asume desde el inicio del juego que algún día caerán y muy posiblemente de una forma aparatosa, estrepitosa y espectacular. Lo mejor: quien intenta treparse es alguien como el resto de la gente, con sus virtudes y defectos.

En vez de corte, el juego del palo encebado se presta al bullicio, a la irreverencia y a la integración de la muchedumbre en torno al espectáculo. Los bandos apuestan, discuten, se burlan de los jugadores o los apoyan y están al pendiente de sus aciertos, errores y fallas. Se podría decir incluso que los jugadores no existirían sin los asistentes.

Si las palabras abren posibilidades y es del interés de un gobernante definir las expresiones de moda, ¿no creen que repetirlas refuerza su dominio? Sabiendo esto, ¿no creen que la primera línea de resistencia es el lenguaje que adoptemos?

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