Este texto fue publicado originalmente el 16 de octubre de 2016
A veces los narradores no sólo crean universos paralelos sino que incluso inventan su propia imagen: por ejemplo Oscar Wilde, un dandy que en sus atavíos y su refinamiento denostaba a hombres y mujeres mediocres, grises, al igualitarismo burgués del siglo XIX, en particular a la sociedad inglesa. El joven escritor quiso vivir el instante con total intensidad, diseñar su vida como si fuera una obra de arte, aunque al final de su vida se observara a sí mismo en el retrato de un hombre destrozado por el egoísmo y la frivolidad, que se llamó Dorian Grey.
En la cárcel sintió su imagen diluida; condenado a dos años de trabajo forzado por sodomía, Wilde escribe De Profundis, que es una conmovedora carta dirigida a Lord Alfred Douglas. En ésta, el escritor le advierte “Yo había sido creado para otras cosas” pero ello no sucedió por el extravió que le significó su amor que ni siquiera podría ser mencionado y, sobre todo, porque ese amor no fue recompensado, sino, en todo caso, acicateado para modelar la vida del señor Douglas, tan deslumbrado por los buenos vinos y las comidas exquisitas: “Pediste sin delicadeza, y recibiste sin gratitud”, reclama el poeta al del corazón aridecido.
No obstante, Wilde vio en esas relaciones “no sólo la mano del destino sino de la fatalidad”, y al destino se entregó, como un ruiseñor que ensarta su corazón en la espina de la rosa para teñirla de rojo. Y con pocas muestras de solidaridad porque, en esos tiempos era más fácil la defensa de un judío que la de un homosexual y por eso Zola fue un entusiasta promotor de lo primero y un silente sin vergüenza de lo segundo (como también lo fue Henry James). De cualquier modo es aquella sociedad de doble moral la que encendió en su hoguera a quien sólo quiso disfrutar de la finura de las ropas y los viajes extravagantes, así como construir su mundo (aunque haya sido incluso tan egoísta para casarse por dinero con Constance Lloyd, hija de un consejero de la reina, para con sus generosas dotes ayudarse y complacer a quien estaba con él por su fama y su dinero).
Dijo Julio Cortázar durante una de sus conferencias en Berkeley: “La novela es ese gran combate que libra el escritor consigo mismo porque hay en ella todo un mundo, todo un universo en que se debaten juegos capitales del destino… la literatura como indagación del destino humano”. Entre esos senderos, prosigue, lo real pasa a ser fantástico y lo fantástico pasa a ser real. Independientemente de que al padre de los cronopios abrió la posibilidad de que El retrato de Dorian Grey fuera una mala novela (que sin embargo a él le fascinaba), la narrativa delinea el individualismo acendrado, la decadencia de la mentira y el arte como una ruta de salvación al propio egoísmo.
Como sea, creo que la novela de Wilde logra una atmósfera encantatoria (para decirlo con la palabra inventada por Cortázar) donde el crápula termina aterrorizado por la vida vivida al mismo tiempo que condena la sevicia de esa sociedad implacable contra la humanidad de los otros, que se separan de la moral imperante. Pero además, cabe la ironía del destino que se cumple en la literatura porque el hermoso Grey no solo llegaría a ser como el monstruoso amante Douglas sino como el propio Wilde. ¿Habría estado satisfecho el escritor? Creo que sí, lo creo nada mas porque a pesar de su acendrado egoísmo, Wilde amó, por encima de su propia entrega al arte, (y amó más que a él mismo hasta perderse):
“He elegido, he vivido mis poemas y, aunque
la juventud se fuera en días perdidos
hallé mejor la corona del mirto del amante
que la del laurel del poeta”


