Este texto fue publicado el 07 de agosto 2015.
Keith Richards es uno de esos seres que dicen lo que se les pega la gana sin que les caiga el mundo encima y muy probablemente ello se deba –además de ese atractivo que tienen las excentricidades entre nosotros los humanos– a que el guitarrista ya se trascendió a sí mismo y cómo no, si echó la guitarra al hombro y caminó cuesta arriba contra la moral enardecida por el blues. Ya sé que no lo hizo solo, pero sus composiciones y, sobre todo, sus acordes son como muy pocos (creo que está dentro de los mejores cinco de la historia).

El sonido de la guitarra de Richards le permitió cantar basura, y el mejor ejemplo es You Got The Silver, la primera con su voz en los Stones, y que en él se oye delicioso quizá porque es muy claro que es hijo de Holiday, Armstrong y Ellington (además de que es parte de la estirpe de Chuck Berry –con quien alternó en publico– y Little Richard, con quien hizo lo mismo pero en una juerga privada). Después de eso (sólo oigan ahora Brown Sugar) cómo no entender que hubiera inhalado las cenizas de su padre con cocaína, y cómo no celebrar que luego de un largo trayecto reconociera ser el papa de Johnny Depp, nada más que no como Keith sino como Teague Sparrow, en una cinta que acaso vale solo por eso, al menos para mí.
Por todo eso, y claro, está, mucho más, es que no le cayó el mundo encima a Keith Richards cuando afirmó que el disco Sgt. Pepper’s era “mierda”, un “revoltijo de basura”. No sé si lo crea en realidad, pero de lo que sí estoy seguro es que si oigo decir eso a un mortal poco me faltaría para retarlo a madrazos (siempre y cuando, desde luego, ese mortal no mida más de 1.80 ni tenga 20 años menos que yo, porque podríamos platicarlo entonces). No tengo duda de que Sgt Pepper’s es uno de los mejores discos de Los Beatles junto con el álbum blanco, ambos grabados en estudio. Por cierto, en este último disco está Yer Blues, la famosa rola escrita por Lennon y que canto, en uno de los memorables días en la historia del rock, con la compañía Eric Clapton, Mitch Mitchell y… Keith Richards, en efecto. Eso sucedió en 1969 cuando hubo el programa de televisión The Rolling Stones Rock and Roll Circus (y que yo tengo por si quisieran quemarlo).
En aquella ocasión Richards estaba francamente encabronado con el espectáculo circense y con la proclividad de Jagger por la pantalla chica. Pero cuando tocó Yer Blues por un instante se volvió ser humano, revivió sus parrandas con Clapton y Lennon y saltó con la potencia de Mitchell; por una vez, solo por una vez y nada más un instante, se dejó llevar por la franca sonrisa de Clapton y el grito de Lennon, y miró a la cámara para hacernos saber lo feliz que era en ese momento, rockeando. Para mí esa ocasión es cuando Richards se volvió un dios que puede hacer y decir lo que quiera.


