Voltaire: “¡ A la carga contra los fanáticos y los bribones!”

Este texto fue publicado originalmente el 17 de agosto de 2015, lo abrimos de manera temporal dada su relevancia periodística.

 


 

 

François Marie Arouet es uno de esos pocos hombres que han trascendido a la época en que vivieron, y un registro de ello es su comprensión del fanatismo como uno de los óbices clave para la convivencia civilizada. Por ello es muy pertinente el reciente libro de Fernando Savater, que muestra en la portada el nombre y la imagen del pensador como emblema contra la intolerancia de esos seres amenazantes y actuantes por el mundo, que advierten que los otros deben creer en lo que ellos o esos seres oscurantistas harán todo el daño posible.

Decir Voltaire no es solo registrar a uno de los fundadores del intelectual moderno, y en ese terreno escolástico discurrir sobre si el pensador francés es el antecedente filosófico de la famosa tesis de Marx sobre la interpretación del mundo y la acción para transformarlo (y en ese transito asegurar –como ahora lo hago– que Gramsci no solo se inspiró en Maquiavelo para concebir al príncipe moderno sino que lo hizo en Voltaire), al definir que los intelectuales tenían una función clave en la generación de una nueva superestructura, vale decir, en forjar prácticas culturales, éticas y morales donde la razón impere:

“Un solo hombre elocuente, hábil y acreditado podrá mucho sobre los hombres, cien hombres no podrán nada sino son más que filósofos”.

Pero Voltaire es mucho más que motivo de intercambios (que pudieran) ser bizantinos. Es la convicción apasionada de la razón (y por ende de la duda sistemática) frente al dogma, que es donde reposa el fanatismo; con quienes representan el blasón de la intolerancia seamos intolerantes, advierte de diferentes formas en su obra el enciclopedista, y es que el fanatismo al ser la supresión de la razón, lo es también de la diversidad, de quienes piensan más allá de la fe (laica o religiosa): “la duda, dice Voltaire, no es un estado demasiado agradable, pero la certeza es ridícula”. Es decir, según el discípulo de Locke, la razón no es solo esfuerzo del proyecto civilizatorio del hombre sino también un imperativo ético y moral, como es más claro cuando advierte: “hay que seguir corrigiéndose aunque uno tenga ochenta años”.

Por eso es que Voltaire arenga apasionado: “¡ A la carga contra los fanáticos y los bribones!”, para lo que él propone un estilo, ser claros ante todo –“definid bien los términos”– y dirigirse a un público decente que esté dispuesto a no recibir encíclicas sino a ser parte del pensamiento incentivado en aquella facultad inherente al ser humano, que se llama pensar. Sobre esa base, su persecución militante es la libertad de conciencia donde la intolerancia no tiene derecho alguno:

“La paciencia sea con vosotros. Marchad siempre a carcajadas por el camino de la verdad”.

Voltaire tuvo presente que transitar anteponiendo la inteligencia y lanzar sonoras carcajadas contra el intento de socavar al que no piense como el fanático, conlleva la respuesta de esos propios fanáticos que no integran a su naturaleza la reflexión: “Hay que resignarse a pagar toda la vida un cierto tributo a la calumnia” porque “ese fanatismo al que los hombres tienen tanta tendencia, ha servido siempre para hacerlos no solo más brutos sino también más malvados”. Ello no quiere decir en modo alguno que Voltaire menosprecie, al contrario, los alcances que pueden tener tales formas primitivas: “Los tontos llegan a veces muy lejos, sobre todo cuando el fanatismo se une a la inepcia y la inepcia al espíritu de venganza”.

El orden de este comentario se debe a Savater pues, lúdico e indudablemente inteligente, el autor acude a la definición volteriana de la historia en El ensayo de las costumbres, sobre la imposibilidad de la reconstrucción exhaustiva del pasado y por ello al imperativo de signar solamente hechos imprescindibles –que se definen por sus efectos y constancia– y sobre esa base elabora un diccionario sobre las ideas más significativas y persistentes de Voltaire, que incluso a él le sirvieron como esqueleto para su novela volteriana Cultivemos nuestro jardín de hace poco más de veinte años.

En tal secuencia temática se asoma el Voltaire que nada más para ejercitar la mente acude a la causa pertinente, siempre y cuando se trate de develar farsas a través de la razón, pero también está el hombre de la razón misma que tiene resultados prácticos para la humanidad, de ahí que Isaac Asimov en su “Momentos estelares de la ciencia”, anotara a un Voltaire maravillado en Inglaterra por atestiguar cómo el país que veneraba a Newton como otros países veneraban a sus leyes. También registramos al hombre implacable frente a las farsas que urdidas entre libros y la prensa: “Existen miserables que, porque saben leer y escribir, creen poder conseguir posición en el mundo vendiendo escándalos”, aunque siempre tiene presente que en gacetas y periódicos existen versiones encontradas, que dan ocasión para examinar los hechos. En tal examen de los hechos Voltaire propone considerar como boba la máxima de que todas las opiniones son (y deben ser) respetables. No es así. Las personas merecen respeto, sí, pero sus ideas no siempre y entonces, pueden ser discutidas e incluso exhibidas precisamente por su estupidez.

Tiene razón: el fanatismo no merece respeto alguno.

Voltaire contra los fanáticos. Fernando savater, editorial Ariel, mayo 2015, 188 pp

 

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