
Yo, la Muerte
La noche y el aire de Tzintzuntzan tuvieron la culpa. También los murmullos de los rezos, el olor del copal y el brillo de tantas veladoras sobre las lápidas. Había tanta reverencia bajo las estrellas, sobre esas calles solitarias y empedradas, tan intensa era la presencia de la muerte emanando








