El parque está abrumado de niños gritones. Por eso apenas llama la atención aquella anciana encaramada en los restos de un ahuehuete.
La anciana solloza angustiada por la pérdida continua de su pasado. Es irremediable: sus recuerdos están huyendo de ella como una parvada que se aleja del invierno. Recargada en el bastón frunce el ceño iluminado con la luz del horizonte.
Natalia escombra en la memoria con la persistencia del péndulo del reloj que la acompañó casi toda su vida en la casona de Mar Célebes, en la colonia Popotla. Así se mira otra vez con el cabello espeso, plateado, aprisionado en una peineta de carey. Tiene el delantal blanco, roído, y las manos delgadas y largas. Ya entonces su andar era ondulante como los dedos al piano de un “Claro de luna”.
Natalia evoca su andar en la casa de dos pisos. Resuella uno y otro paso mientras observa las vigas del techo hasta llegar a la buhardilla envuelta de enredaderas, ahí se sienta en la silla forjada en Austria. Vuelve a disfrutar el aire fresco de otoño con los ojos cerrados y sorbos de café. El olor me conduce a ella, mi abuela, y así es como juntos -y una máquina de escribir de por medio- hallamos refugio en la añoranza.
La tarde es espléndida. Natalia y yo estamos en la cocina oyendo la radio que habla de la inauguración de la Torre Latinoamericana. Le estoy sobando la mano derecha abatida por la artritis pero también me estoy durmiendo, tengo siete años. Mi abuela pide que, entre zumbidos de la amplitud modulada, la lleve a los tríos. Son los Panchos: “Esas palabras tan dulces puede que sean sinceras pero no…”. Los frijoles negros con epazote hierven en la olla.
Llegó mi abuelo Juan. Un hombre corpulento de cejas pobladas y facciones toscas. Dejó el periódico en la mesa mientras hablaba de los guerrilleros cubanos que se entrenan en México para derrocar a Batista aunque a mí me interesa la fotografía del Cine Variedades que anuncia una película de Fernando Soler. A Natalia le gusta el box y admira a Raúl “El Ratón” Macías porque da las gracias a su manager y a la virgencita de Guadalupe los triunfos obtenidos aunque quien más le gusta es José “Toluco” López, ¡nuestro campeón nacional supergallo!, declama Tala porque “seguro hará papilla al “Huitlacoche” Medel. “Toluco” López es ídolo porque sus momentos de gloria están en sus derrotas más estrepitosas, entre otras razones porque subía al ring con varios pulques encima y aún así dejaba el alma en los guantes. Mientras mi abuela decía esto lanzaba moquetes contra un adversario invisible.
Juan sacude su sombrero descubriendo la calva que una franja de pelo blanco adorna en las orillas. Habla de Adolfo Ruiz Cortínez como si estuviera dando cátedra pero lo hizo para deslizar la pregunta de manera sorpresiva sobre si Javier, su único hijo, ya había conseguido trabajo. No, respondí aunque la mirada de Natalia me estuviera perforando los ojos. Al fondo siguen indiferentes Los Panchos: “Me voy pa’l pueblo, hoy es mi día / Voy a alegrar toda el alma mía…
Mi tío Javier falleció meses después por sus malandanzas entre suripantas y burdeles.
Aquella tarde comimos albóndigas en chipotle que mi abuela inflaba con pan molido salpicado de clavo y azúcar morena. Juan bebió tlachique para serenar los ánimos con el hijo desobediente y para descansar de su jornada como taxista en la calzada México-Tacuba. La tarde transcurrió entre curados de pitaya y tejidos que oyeron pacientes las proezas de un niño que, mientras lavaba los trastes, platicaba cómo había ganado el valero y las canicas. (“Esas palabras tan dulces puede que sean sinceras / Pero no, no y no…”)
Los abuelos fueron a misa de siete mientras yo, amagado por su tralla, hice la tarea antes de bañarme a baldazos de agua tibia. Cenamos conchas con natas y café con leche antes de que Juan boleara mis zapatos y Natalia descolgara la ropa en la banasta. Al final, lo de siempre: “Ángel de la guarda, mi dulce compañía…” El silencio reinó después de las diez campanadas del reloj.
La noche está muy oscura. Desde la ventana noto que los árboles no tienen ramas sino brazos. Estoy sudando. Ya Natalia me había advertido que no comiera tanto tamarindo en ollitas de barro. Entonces corrí a buscarla y, muy abrazados, comenzamos a reír mientras yo hilaba cascadas espumosas con su pelo. Yo estaba sentado en sus piernas y ella en la destrenzada silla austriaca, lo recuerdo bien porque años después así nos consolamos el día muy temprano cuando llenamos de besos el cuerpo inerte de Juan.
Los gritos de los niños invaden todo mientras mi abuela tiene la mirada extraviada. Yo la miro de frente, está en el Parque Cañitas sentada en los restos de un ahuehuete. Ya no tengo miedo, mis brazos se extienden a ella como las ramas de un árbol frondoso, y abrazan su cuerpo de perdiz con frío. Natalia está perdiendo su pasado pero ahora mismo me tiene a mí bebiendo su llanto que me sabe a frijoles con epazote y azúcar morena. Luego nos encaminamos a la casa. Estoy seguro de que mañana nos volveremos a cobijar en la memoria.


