Este relato exige precisión:
Estoy en una terraza de la famosa avenida 23 frente a los helados Coppelia y una lluvia sencilla refresca la ciudad al mediodía.
El lugar no es concurrido, hay unas tres o cuatro mesitas ocupadas con unos novios que comen maní, un viejo taciturno que mira a la nada, una trigueña en su verano que come arroz y un hombre que bebe una cerveza española que sabe espantoso y que por eso el que ahora escribe no pronuncia ni el nombre del brebaje. Atrás de nosotros, junto con los motores de carros viejos que transitan la avenida, se escuchan los chasquidos de una negra que come pollo con las manos embadurnadas de grasa y que al depositar los trastes en la cocina -ella trabaja en ese lugar- exhibe un culo firme y portentoso que de inmediato me borró de la mente sus chasquidos.
Sobra decir que el relato no exige la descripción detallada de aquel culo milagroso ni de los arrumacos entre la pareja de novios o de las personas que como abejas en su enjambre se aglutinan en el hotel Habana libre para conectarse a Internet. Tampoco es necesario describir los rostros de los niños que en la orilla de la terraza me piden dulces, cualquier cosa como recueldito de mi país, ni hablar de los ojos pispiretos acompañados de radiantes sonrisas que me miran con cara de dólar (sé que soy un feo con cara de buena gente). Sólo recuerdo que alguna vez Fidel Castro aseguró que en Cuba no había putas, sino mujeres candentes que quieren mostrar su fogocidad al mundo.
Aquí la precisión es ineludible para anotar, ahora que estoy repasando en mi hotel -El presidente- que el ron Santiago 12 años es uno de los tragos más ricos que he probado, a la altura de cualquiera que ustedes me digan, junto con este Montecristo que ahora tengo en la boca.
Ahora no sé cómo concluir, si describiendo a la pareja de japoneses en short que no dejan de mirar la lluvia con la boca abierta sin encontrar consuelo -y en sus hombros la cámara fotográfica que retrataría cualquier cosa- o escribiendo unas palabras sobre el sistema político cubano y sus mecanismos de participación ciudadana junto con sus fines tácticos y estratégicos en el país y el mundo, haciendo una comparación entre esa praxis y algunas tesis marxistas como las expuestas en el Manifiesto Comunista. Pero lo que sí sé, es que pediré otro trago mientras resuelvo esos vericuetos.


