Cabría pensar que en la que él mismo bautizó como “era del jazz”, entre tanto champán, bailes desaforados y viajes por Europa, a Francis Scott Fitzgerald le rodeaba un alegre y frenético desorden y que en la siguiente década, cuando el crash hizo crujir todo aquella inconsciencia y llegó la amargura, la derrota, las botellas y los sanatorios, el desorden se mantuvo. Sería un error: Fitzgerald (Saint Paul, Minnesota, 1896 – Hollywood, 1940) no solo terminó tres novelas y dejó una inacabada, escribió más de 175 cuentos, poemas y unas cuantas obras de teatro, pulió guiones ajenos y trató de rematar los propios, bosquejó proyectos y reunió álbumes con recortes misceláneos, sino que además en su diario de trabajo y en los cientos de cartas que se cruzó con su agente Harold Ober, con su editor Maxwell Perkins y con su esposa Zelda, entre otros, dejó un meticuloso y detallado registro del día a día de su producción literaria.
En ese rastro y en el archivo de sus papeles —conservados principalmente en la Universidad de Princeton, su alma mater— se encontraban las referencias a un puñado de cuentos del autor de El gran Gatsby que fueron rechazados, en algún caso comprados, pero no publicados, o retocados y finalmente aparcados. Esas referencias fueron el punto de partida para armar Moriría por ti la colección de 18 relatos inéditos que se publicó en Estados Unidos hace un año y que la editorial Anagrama trae a las librerías españolas el próximo miércoles.
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