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Perseverance lleva a bordo dos docenas de cámaras de televisión. Algunas han transmitido un espectacular vídeo de las últimas fases del descenso de la nave de la NASA sobre la superficie de Marte. La mayor parte de imágenes son tan claras que ocultan la enorme complejidad de la maniobra.

La apertura del paracaídas, por ejemplo. Es el mayor enviado a ningún planeta, mide un poco más de 21 metros de diámetro. Tuvo que ser comprimido tanto para encajarlo en el reducido espacio disponible que la densidad del paquete era como madera. Hacía falta un mortero para sacarlo de su cubículo y forzar la apertura.

El paracaídas se hinchó en cosa de un segundo. La NASA ofrece una vista a cámara lenta que enmascara la violencia de la operación. La nave caía en ese momento a 1500 kilómetros por hora, unas dos veces la velocidad del sonido. El impacto del tirón es brutal; son más de veinte toneladas. Por supuesto, no es tela corriente, es poliester y nylon de alta resistencia; las cuerdas de sujeción son de fibra sintética, en especial Kevlar, el material de los chalecos antibalas.

A pesar de su enorme tamaño, el paracaídas solo no es suficiente para garantizar un descenso suave. La atmósfera marciana es demasiado sutil. Si el Perseverance no hubiese tenido otro medio de frenado habría llegado al suelo a más de 200 Km/h, la misma velocidad que un paracaidista en la Tierra… pero que no hubiese abierto su paracaídas.

Mientras bajaba pendiente de su cúpula, Perseverance largó su escudo térmico. Es el disco plateado que ve aprecia en la filmación. En él se ven unos puntos blancos: los sensores internos de temperatura que habían dado valores de más de mil grados durante la reentrada en la atmósfera.

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