Hoy cumpliría 110 años una pintora brillante que el capitalismo ha manoseado y convertido en icono feminista sin reflexión: ha explotado sus señas físicas y ha obviado su relación de sumisión y dependencia hacia Diego Rivera.
Es sencillo amar a Frida. Es natural sentirla hermana y huérfana al mismo tiempo, porque todos nos reconocemos en el dolor, y ella de eso sabía con ciencia estoica. Uno se admira al pensar en esa mujer flaca y menuda soportando aquella poliomielitis temprana, sobreviviendo al accidente en bus que le arrebató la virginidad, resistiendo a la parálisis en cama, tragando cirugía y desgracia. Una tras otra, una tras otra. La pintura nunca le había interesado -se había dedicado a jugar al fútbol y al boxeo para fortalecer su exánime pierna derecha, después soñó con ser médico-, pero, al verse clavada en el colchón, le dio por mirarse hacia adentro y volcarse en el lienzoen forma de color, flores, sueño, calavera, corazón y simio.
Tenía espinas en el corazón, Frida. Era una mujer talentosa y herida, resistente en la miseria. En vida la aplaudieron Picasso, Kandinski, Bretón y Duchamp, pero tuvo que morirse para que llegase el reconocimiento unánime, como pasa siempre. Pudo abandonar y no lo hizo.
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