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Sus obsesiones, explica Alan Moore, estaban ahí desde que era un niño. Un mocoso que miraba intrigado los retratos de sus antepasados victorianos, colgados en su casa en un barrio obrero de Northampton. “Miraban sorprendidos a la cámara”, recuerda. “Yo me preguntaba si sabían que estaban muertos. Quizá no lo sabían. Entonces pensaba si había gente en el futuro mirando fotos mías y preguntándose si yo sé que estoy muerto”.


La vida y la muerte. El tiempo y el espacio. Las realidades paralelas. Ejes del universo de Moore, de 72 años, uno de los autores de cómic más grandes de la historia, padre de Watchmen, V de Vendetta o From hell. Obsesiones místicas a las que da rienda suelta en su nueva obra, Jerusalem,publicada ahora en Reino Unido, que promete ser lo más ambicioso y enrevesado que haya creado nunca. Se trata de un libro cuyo propósito es, en palabras del autor, “refutar la existencia de la muerte”. Una obra que Moore sostiene en sus manos, adornadas con seis misteriosas sortijas, mientras los pelos grises de su larga barba acarician la no menos intrigante portada ilustrada por el propio autor, que recibe a una decena de periodistas en un club londinense.


Jerusalem es una novela. La segunda que escribe Moore (tras La voz del fuego,de 1996). Ha tardado diez años en completarla. Los pocos que ya la han leído y comentado hablan de una obra “memorable”. “Fusione a James Michener, Charles Dickens y Stephen King y se acercará al territorio de la infinita inventiva que exhibe Moore en su más magna opera magna”, proponía la primera crítica, en Kirkus Reviews.


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