Olfato, puntería, visión de futuro. De algo de eso -o de todo eso- hizo gala Luis Harss (Valparaíso, Chile, 1936) cuando, en los años sesenta, decidió entrevistar a diez escritores iberoamericanos del momento y, en colaboración con Barbara Dohmann, puso por escrito aquellos "retratos en vivo". El resultado, Los nuestros, vio la luz en 1966. El paso del tiempo demostraría que Harss acababa de fijar la nómina de lo que él mismo bautizó como el boom de la novela iberoamericana: Alejo Carpentier, Miguel Ángel Asturias, Jorge Luis Borges, João Guimarães Rosa, Juan Carlos Onetti, Julio Cortázar, Juan Rulfo, Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa. Autores, algunos, más que consagrados en aquella época; otros en vías de serlo o aún ni siquiera simples promesas, pero que se convirtieron en la plana mayor del boom. Sus "padres fundadores".
El mérito no hay quien se lo quite: usted acuñó el término "boom".
No es un término del que me enorgullezca, fue una pavada, pero como tantas pavadas, en ese momento pegó. Los miembros del jurado del Premio Primera Plana se habían reunido en Buenos Aires, en la casa de José Bianco, el editor de la revista literaria Sur. Allí estaba, entre otros, Mario Vargas Llosa. Yo tomaba notas. Era agosto de 1966, ya había publicado Los nuestros. Mientras se hablaba de la nueva novela iberoamericana, pensé en el boom de la economía italiana del que hablaban los diarios en esos días, pues en aquella época Italia pasaba por un momento de prosperidad económica. Entonces hice la comparación. "La literatura iberoamericana de hoy es algo así como el boom", dije, más o menos, y las fatales palabras quedaron inmortalizadas.
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