En De Profundis, la epístola dirigida desde la prisión de Reading a Alfred Douglas, el que fuera su amante, Oscar Wilde se lamentaba de haber «escogido los árboles de lo que me parecía ser la franja soleada del jardín y esquivar los otros por su sombra y su oscuridad». En la zona luminosa, los frutos codiciados: los placeres carnales, el brillo social, el éxito literario, la riqueza; en la zona sombría, su envés: el sufrimiento, el escarnio público, el olvido, la pobreza. Esta dicotomía, prefigurada en muchos de los cuentos de Wilde, parece uncida a la vida y la obra de muchos escritores. Está el caso de los escritores que se retiran de la vida para poder escribirla. Un caso paradigmático es el de Proust, que después de derrochar su juventud en saraos con la ‘crema’ del quartier Saint-Germain, sin apenas obra publicada, abandona toda vida social y se encierra en casa para embarcarse hacia la que será una de las galaxias más fascinantes de la literatura universal, En busca del tiempo perdido. Nunca sabremos si a Proust lo recluyó en su habitación (y en la escritura) el asma o si, más bien, fue el cansancio por la vida lo que le condujo a encerrarse, so pretexto de estar enfermo, para recobrar el tiempo perdido (re)escribiéndolo. Ya lo dijo Semprún en uno de sus títulos: la escritura o la vida.
Existe otro tipo de escritores que, tras una vida profusa, obra considerable y gran reconocimiento por parte de sus cofrades, se sumergen en el silencio. Me viene a la cabeza Rimbaud. Y también la que, en sus propias palabras, fue la escritora desconocida más famosa del siglo XX: Djuna Barnes.
Barnes nació en Cornwall-on-Hudson (Estado de Nueva York) en 1892, año en el que un todavía exitoso Wilde estrenaba en Londres El abanico de Lady Windermere. A los 20 años se muda a la ciudad de Nueva York con su madre y tres de sus hermanos y asiste durante una breve temporada al prestigioso Instituto Pratt de Brooklyn, donde estudia arte y literatura. Como sustento económico de su familia pronto se ve obligada a buscarse la vida como periodista en el Brooklyn Daily Eagle, un periódico amarillista de la época. Su presentación ante la redacción fue: «Sé escribir y dibujar; si no me contratáis, seríais idiotas». Para esa gaceta escribe artículos llamativos como Qué se siente siendo alimentada a la fuerza, experiencia a la que se ofrece como cobaya, texto al que acompaña una fotografía de ella misma en una camilla rodeada de doctores que, mientras le sujetan las extremidades, le hacen ingerir alimento a través de un rudimentario sistema de tubos, una técnica a la que por entonces se sometía a las sufragistas en huelga de hambre. Otras veces escolta los artículos con sus propios dibujos, bajo la influencia del decadentista Aubrey Beardsley, ilustrador de la Salomé de Wilde. En muchos de estos escritos para la prensa, que tocan temas como el boxeo o las ball parties e incluyen una entrevista a James Joyce para Vanity Fair, Djuna descifra, de manera desenfadada y atrevida, algunos de los puntos clave de la represión femenina.
En poco tiempo, se hace un nombre entre la bohemia de Greenwich Village y publica ficción y poesía. Entre las obras de esta época está el poemario en forma de chapbook The Book of Repulsive Women, muy influido por el decadentismo fin de siècle, cuyas protagonistas son mujeres socialmente consideradas ‘repugnantes’, como una cabaretera o los cadáveres de dos suicidas en la morgue. Más tarde renegaría de esta obra, considerándola «estúpida», mera juvenalia.
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