Lo peor eran los ratos de silencio, cuando la angustia e incertidumbre parecían profundizarse.
En esos momentos se sentía aún más el peso de las decenas de toneladas de escombro sobre Lucía Zamora Rivera, atrapada en un edificio colapsado por el sismo de magnitud 7,1 que afectó a varias zonas de Ciudad de México.
Habían pasado varias horas del terremoto pero en ese pequeño hueco, entre los restos de lo que fueron siete pisos comprimidos en tres, medir la dimensión del tiempo era difícil.
“La oscuridad era terrible, no entraba absolutamente nada de luz”, le cuenta Lucía a BBC Mundo.
“Se escuchaban helicópteros, maquinaria, algunas voces de lejos, como gente pidiendo auxilio o que lloraba. Y también períodos de silencio muy largos”.
Minutos, a veces horas, en que el ánimo decaía. Pero se recuperaba.
“Te vas tranquilizando. Hay momentos de temor, de miedo, en los que las sensaciones de hambre y sed desaparecen”, recuerda.
“Rezas, te regresa la fe, pierdes la esperanza. Experimentas todo, todas las emociones. Yo traté de mantenerme calmada lo más posible”.
Lucía no podía saberlo pero unos metros arriba de ella decenas de rescatistas, voluntarios y militares movían piedras, vigas de concreto, muebles, tierra.
Luchaban contra el tiempo para rescatar a decenas de personas bajo los restos del edificio de oficinas en el número 286 de la avenida Álvaro Obregón, en la colonia Roma de la capital mexicana.
Es una de las zonas devastadas por el sismo donde más se ha concentrado la atención, porque una semana después del terremoto todavía hay personas atrapadas.
Lucía fue una de ellas. Permaneció 36 horas acostada boca arriba, casi inmóvil, con una losa de concreto a unos centímetros de su cara.
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