Eternamente insatisfecho, el autor de Señas de identidad quiso hacer de su obra un gran proyecto monumental. Tan mionumental que, a veces, se convirtió en autoparodia.
Si hay algo que nadie puede poner en duda acerca de la obra narrativa de Juan Goytisolo es su ambición. La frustración que le producían sus primeras novelas, representativas hoy del "realismo social" de nuestros años 50, se prolongó en unos interesantes ejercicios periodísticos -incluso de novela documental, como es el caso de La isla, que en Inglaterra, con el título de Sands of Torremolinos se presentaba casi como un reportaje sobre lo que estaba ocurriendo en la Costa del Sol- a comienzos de los 60: Campos de Níjar, La Chanca -sobre el deprimido barrio almeriense-, Pueblo en marcha -sobre la revolución cubana. La labor periodística de Goytisolo volvió a brillar más adelante con sus reportajes balcánicos: era bastante más interesante que sus intervenciones de intelectual comprometido, permanentemente enfadado y protestón contra una oficialidad que, por otra parte, siempre respondió a sus quejas con premios, honores y cursos de verano.
Lo cierto es que la ambición de Juan Goytisolo le llevó a probar sus fuerzos y talentos en un modo de narrar que no se conformara con unas maneras que, en sus propias palabras, no servían más que para poner de manifiesto la impotencia de unos recursos.
Fue así como, en cinco años más dedicado aparentemente al periodismo que a la narración, se entregó a la composición de su primera obra mayor: Señas de identidad, una novela caudalosa en la que, oyendo las lecciones del modernismo, juega con distintas voces y tiempos para hacer una indagación en la propia experiencia -personal y familiar- utilizando a un personaje, el fotógrafo enfermo Alvaro Mendiola, que regresa a España para reencontrarse con un país aplastado por la grisura, la mediocridad, el asco contagioso. Un regreso que le depara una sola evidencia: la necesidad de romper con todo, desarraigarse como único método de salvación, toda vez que las raíces están podridas. Goytisolo se empeñó en esa empresa de largo alcance, a la que agregó una Reivindicación del Conde Don Julián y un Juan sin Tierra que, a cambio de darle monumentalidad a su proyecto quizá le restó potencia e intensidad, pues lo llevó al peligro al que se expone todo aquel que consigue dar con una voz propia, reconocible, influyente: caer hacia lo pompier, hacer que la pomposidad vuelva parodia lo que fue genuino. De ahí que, embarcado en ese proyecto, para superarlo, llegase a firmar novelas que parecían escritas por sus más enervados discípulos. Esa necesidad, que en un principio no era sólo formal sino también de fondo, acabó quedándose sólo en lo formal en obras que, como Makbara, aunque llegaban a imponerse como lectura obligatoria en los institutos de bachillerato para evidenciar la presunta modernidad de nuestra narrativa, hoy parecen tener sólo un interés histórico, aunque quepa valorar el riesgo que corría el autor por eliminar cualquier tapia que separase a los géneros: de ahí que pueda leerse la novela como un despeinado conjunto de poemas, o más bien oírse como un no siempre bien afinado coro de voces que tratan de agarrar una realidad cambiante, fugaz, inasible, de la que apenas nos puede llegar un reflejo de prosa nerviosa y puntos suspensivos.
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