Se llama Omran Daqneesh y es uno de los cinco hermanos heridos en un bombardeo del régimen de Asad sobre el barrio de Qaterji, en la asediada Alepo. No hay muchos más elementos informativos. Su cara, con la mirada perdida y cubierta de sangre y polvo, ya se ha convertido, a su pesar, en lo que hoy se llama una 'imagen viral'.
Tiene todos los elementos para ello: es un menor, que nos conmueve más, con una toma realizada a la altura de sus ojos y además está identificado: tiene nombre y apellidos, como los nuestros. De repente, no es un sirio, es sólo un niño.
Cuando se ahogó el refugiado Aylan y se publicó masivamente su foto en verano del año pasado, parecía que iba a cambiar la percepción del público sobre los solicitantes de asilo, que iba a humanizarlos y a facilitar las misiones de rescate para evitar los naufragios en el Mediterráneo. El problema es que la publicación de aquella instantánea de Aylan, tumbado inerte en la playa, no sólo no evitó más muertes de niños en el Egeo, es que la gran mayoría de menores muertos (2 al día de media, hasta superar los 500) llegaron después. Creamos iconos rápido y con la misma velocidad los olvidamos.
Para aquellos que tuvimos la suerte de cubrir en alguno de sus puntos, o en varios,la ruta de los refugiados durante el otoño de 2015, las historias de bombardeos en escuelas y hospitales por parte de todos los bandos, pero especialmente del régimen de Asad o sus aliados rusos, eran habituales. Los padres y madres que entrevistábamos lo tenían claro: venían a Europa para proteger a sus hijos.
Recuerdo bien a Ali, un niño de Deir E Zor que había visto morir a la mitad de su clase en un bombardeo del régimen sobre su escuela. O a Nura, de Yarmouk, embarazada de nueve meses, que no quería que su bebé naciera bajo los barriles bomba de Asad. O a Hussein, un cristiano iraquí que huía del Estado Islámico para evitar que reclutaran a sus hijos y los convirtieran en niños soldado.

