Cualquiera que, al menos, se haya asomado al mundo del periodismo y de losmedios de comunicación sabrá que el quehacer de los periodistas se debe regir siempre por los principios de la veracidad informativa y la responsabilidad social, es decir, debemos procurar en todo momento, sin bajar ni un instante la guardia, que las informaciones que transmitimos sean ciertas y que, así y promoviendo la cultura, el consentimiento informado y los valores de la democracia, nuestro trabajo beneficie a la sociedad. Porque una ciudadanía bien informada y con pensamiento crítico es políticamente competente y no entorpece el progreso sino que colabora en él.
Esa es la teoría, absolutamente correcta. Ahora vienen las dificultades: los medios de comunicación suelen asumir una línea editorial que, si sobrepasa los límites de la ceguera ideológica o de la pura decencia del periodismo para servir a sus amos, se pierden en el torrente de los embustes, las falacias y las impertinencias argumentales; también son un negocio, con intereses económicos que, en ocasiones, pueden llegar a eclipsar la ética periodística cuando se genera un conflicto informativo por hechos noticiosos que afectan a los que pagan los sueldos de la redacción; y además pueden abandonarse y dar cabida a materias aborrecibles con la excusa del interés público mal entendido.

