El pasado 8 de octubre, la muerte del concejal opositor Fernando Albánestremeció un poco más a un pueblo que ya se ha acostumbrado al horror como el de Venezuela. Según la primera versión oficial de los hechos, ofrecida por el fiscal general del régimen chavista, Tarek William Saab, Albán se lanzó por la ventana desde un baño del décimo piso de una de las sedes caraqueñas del Servicio Bolivariano de Inteligencia (SEBIN). El político opositor llevaba varios días bajo custodia de la policía política, que le había detenido en el aeropuerto de Maiquetía al volver de un viaje a Estados Unidos. Sobre lo ocurrido se pronunció también el ministro del Interior, el general Reverol, que reveló las acusaciones que pesaban contra el concejal capitalino -los conocidos “planes desestabilizadores dirigidos desde el exterior”– y situó en “una sala de espera” del SEBIN el espacio desde el que había saltado el cada vez más improbable suicida.
Ya desde un principio, fueron muchos quienes dudaron de la información de Saab. Conociendo el historial de los cuerpos de seguridad chavistas, Albán bien podría haber sido torturado y después arrojado al vacío para simular un suicidio. En el mejor de los casos, decían otros, el concejal habría saltado por la ventana después de ser sometido a los habituales malos tratos, físicos y psicológicos. Y además estaba la contradicción entre el ministro y el fiscal.
Al descrédito de la verdad oficial contribuyó un plano del décimo piso del edificio difundido por la periodista Luz Mely Reyes: los baños y la sala de espera que hay en esa planta no tienen ventanas, y las ventanas que sí hay en esa planta no pueden abrirse. Dos días después de la muerte de Albán, y minutos después de que Reyes publicara el plano, Saab comparecía en la Fiscalía para desmentirse a sí mismo y asegurar que el opositor saltó desde “una ventana panorámica” de un pasillo cercano al baño.
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