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Fue el episodio que la hundió. Después de una época de excesos y vagabundeo en California, Janis Joplin había vuelto a la conservadora Port Arthur (Texas), a casa de sus padres, una familia de clase media que recibió a su hija con los brazos abiertos, confiados de que podían “reconducir” su vida. Con el núcleo familiar apoyándola, Janis había combatido y vencido a su adicción al speed y se había matriculado en Bellas Artes en la Universidad de Texas.

La fraternidad Alpha Phi Omega había organizado un concurso para recaudar fondos con vistas a financiar sus actividades. Se elegía al Hombre Más Feo del Campus. Alguien anónimo inscribió a Janis. La universidad se empapeló con fotos suyas donde se leía este texto: “Vota al hombre más feo”. Cuando Joplin vio aquellos carteles se desmoronó como nunca lo había hecho. Le recordó el acoso que sufrió en su etapa colegial. Lloró hasta que no le quedaron lágrimas. Y decidió que aquella ciudad tan hostil no era para ella. Tenía 19 años y se marchó a San Francisco para iniciar un camino de triunfos y desdichas pocas veces visto en la historia del rock.

El muro que bloqueó emocionalmente a Joplin —de cuya muerte se cumplen este domingo 50 años— fue que quiso ser más libre de lo que el mundo estaba dispuesto a permitir. Bisexual en una sociedad pacata, pendenciera en un entorno sumiso, mujer transgresora en un ecosistema patriarcal. Tan salvaje como vulnerable, Joplin fue la primera estrella femenina del rock, con una influencia mucho más allá de las cuestiones de género: su estilo vocal y estético se encuentran en emblemas del rock machote, de Robert Plant (Led Zeppelin) a Axl Rose (Guns N’Roses).

“Fue una pionera. E hizo sacrificios para asumir riesgos que allanaron el camino para que las artistas mujeres ganaran presencia en la industria de la música y para que no se ajustaran a las demandas que imponía una sociedad patriarcal”, dice desde Estados Unidos Holly George-Warren, estudiosa de la cantante y autora de un libro que desgrana la vida musical y privada de la artista, Janis Joplin. La biografía definitiva de la legendaria reina del rock (Libros Cúpula).

Joplin solía bajar las escaleras del escenario después de un concierto llorando. Así de intensas eran sus actuaciones, una mezcla de orgullo y dolor, de pasión y honestidad. La interacción entre lo que ocurría en el escenario y la audiencia era un espectáculo. Janis conseguía el efecto de una pila cargando a otra. “Cuando ella cantaba oías la libertad”, afirma el ingeniero de sonido Jackie Mills en el libro de George-Warren.

¿De dónde procedía un dolor que conseguía, cuando cantaba, romper el corazón a la audiencia? Para ello hay que trasladarse al Port Arthur de los años cincuenta, donde se asentó la familia Joplin. Seth, el padre, consiguió un trabajo en la refinería de petróleo de la ciudad, una de las más grandes del país. Los Joplin se iban a convertir desde entonces en una familia (tres hijos, con Janis, la mayor, nacida en 1943) sin agobios económicos. Port Arthur era un lugar pequeño profundamente conservador, temeroso de Dios y discriminatorio. La imagen regordeta, pecosa y brusca de Janis no encajaba con el perfil estilizado que se suponía debían tener las adolescentes de allí. En el colegio fue objeto de burlas durante años. Ahí empezó su atormentada relación con su cuerpo.

“Janis se enfrentó a un medio hostil y edificó un estilo de lucha”, escribe Myra Friedman, su publicista y amiga, en el libro Janis Joplin: Enterrada viva (Fundamentos). La futura cantante se creó un personaje como autodefensa, un perfil que nunca abandonó: bravucón, gamberro, bronquista. “Rudeza en los modales y cierta complacencia para ser el bufón, para prestarse a ser el objeto del abuso verbal. Cualquier cosa con tal de llamar la atención”, escribió Myra Friedman, quien falleció en 2010.

Paralelamente desarrollaba un perfil intelectual, sobre todo a raíz de leer En el camino, de Jack Kerouac. Quería ser una beatnik, experimentar con drogas, viajar. Empezó a consumir música, artistas negros como Leadbelly, Big Mama Thornton o Bessie Smith, su debilidad. No se callaba nada. Defendió la integración racial y fue rechazada en un entorno, Port Arthur, donde la amenazante presencia del Ku Klux Klan todavía existía. La insultaban sus compañeros. Era “la amiga de los negros”.

Cuando regresa del colegio a casa, sus padres tampoco la entendieron. De Dorothy, la madre, heredó la pasión por el canto, pero no unos valores (ultra) religiosos y conservadores; del padre, Seth, gran lector, cogió su inquietud intelectual. Janis sentía una conexión especial con su padre, pero se rompió cuando vio que él se volcaba con su hijo varón y se aislaba para beber en soledad con sus libros. Es enternecedor leer las cartas que envía a sus padres, recogidas en el libro de Holly George-Warren. Se aprecia a una chica asustada a pesar de la fortaleza que exhibía y tenía. “Siempre buscó el reconocimiento de sus padres”, apunta su biógrafa. Lo hizo incluso cuando era una estrella. Las misivas están repletas de exclamaciones adolescentes: “¡Es increíble!” o “tengo que suspirar: no me lo puedo creer”.

Cuando empezó a profesionalizarse tuvo que luchar contra otro enemigo poderoso: el miedo escénico. “Utilizaba el alcohol para vencer su terror al escenario y relajarse mientras actuaba. Y luego utilizaba la heroína como agente adormecedor, para no sentir el estrés y la ansiedad y para encauzar toda la adrenalina que había generado durante la actuación”, describe su biógrafa.

No solo tuvo dramatismo en su vida. Janis vivió etapas de felicidad plena. Se instaló en San Francisco en la época dorada del hippismo, compadreando con bandas como Grateful Dead o Jefferson Airplane, formando parte de la revolución social y cultural de los sesenta en Estados Unidos. Ella devoró cada segundo que vivió y exhibió al mundo la liberación de la mujer en una contracultura dominada por hombres. Y lo pasó en grande, sin reprimirse ni sexualmente ni con sus experiencias lisérgicas, sin pedir permiso para nada.

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