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Rusia mete miedo. Es posible que en este Mundial hayamos vuelto a la ‘guerra fría’. Como si los de Putin tuvieran la bomba atómica del fútbol. Los rusos juegan a un ritmo muy superior a lo que hemos visto ahora en el Mundial. Son como un ‘tupolev’ que vuela muy por encima de la altura de los mejores equipos árabes, al menos. Parece la Rusia de los años sesenta, la del mago Yashin, que vestía la camiseta del CCCP.

Egipto se ha ido del Mundial como si Salah hubiera entrado en una tumba faraónica. La maldición de Tutankamón. No ha tenido ni suerte ni fútbol suficiente para seguir en el mundo de los zares. Es fácil escribir que el zar Cheryshev ha podido con el faraón Salah.

De momento, el jugador del Villarreal se ha convertido en una de las estrellas de la competición, incluso empatado a goles con el Supermán de Madeira. Significa una vez más que en la locura actual, las estrellas emergentes tienen menos luz que un cometa que desaparece rápidamente en el cielo.

He visto jugar muchas veces a Salah. Desde el Chelsea al Liverpool, pasando por la Roma. No es un jugador imprescindible. Sólo la nueva propaganda de la esquizofrenia futbolística le ha ungido de una dotes que no tiene como futbolista. Ni tiene físico ni tiene tanta técnica como se dice. Un hombro no puede descomponer a un ‘galáctico’ en términos del ‘florentinismo’.

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