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¿Qué sabe usted del Watergate? Posiblemente lo que la mayoría, incluido yo mismo, antes de que se me ocurriera escribir esta columna: que un par de abnegados periodistas respaldados por un medio de referencia –el Washington Post– consiguieron hacer dimitir a todo un presidente de los Estados Unidos, dando lugar a uno de los mayores éxitos de la historia del periodismo.


Pero el éxito lleva aparejados severos inconvenientes sea cual sea la disciplina en la que se alcance. Uno de ellos es que establece el norte al que ha de apuntar toda brújula de aquel que quiera emular la gesta.


Por lo que respecta al Watergate, sin poner en duda su importancia como hito del ejercicio periodístico, siempre lo he tenido por responsable de algunos de los males de una profesión que no es la mía por más que a veces la haya ejercido como un usurpador. Uno de esos males es el frecuente convencimiento por parte de muchos periodistas de que todo asunto sobre el que informan esconde un Watergate en su interior y que el mundo entero confabula en su contra para que no lo descubra. Esta circunstancia suele transformar el sano escepticismo del ejercicio periodístico en un recelo constante que convierte a muchos de ellos en paranoicos insoportables, tipos desconfiados que todo lo observan con gesto severo y mirada de sospecha como japoneses miopes.


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