¿Merecía la pena romper tantos huevos por esa tortilla? El número de muertos causados por las hambrunas, las masacres y otras catástrofes provocadas por el hombre bajo los regímenes comunistas se encuentra entre los ochenta y cinco y cien millones. En Camboya, se liquidó a la práctica totalidad de la población instruida. Mao Zedong fue responsable de unos treinta millones de muertes solo en el lunático Gran Salto Adelante. Las fauces oscuras y heladas del gulag de Stalin se tragaron a millones de personas. Y los habitantes de Corea del Norte siguen muriendo de hambre en la actualidad.
Para permanecer en un partido comunista hasta finales de la década de 1980, había que conservar, en algún sitio, el residuo de la convicción de que había merecido la pena, o de que al menos habría merecido la pena si los tiranos que gobernaron en nombre del comunismo no lo hubieran hecho tan mal. No muchos intelectuales británicos se mantuvieron fieles tanto tiempo. Eric Hobsbawm, el eminente autor de Historia del siglo XX, entre otros libros célebres, lo hizo: no siempre como miembro activo, y durante mucho tiempo como un miembro escéptico, pero sí como un camarada. En Historia del siglo XX, escribe sobre la “inhumanidad sin precedentes” de la Rusia de Stalin, y dice que “el proyecto comunista ha demostrado su fracaso y ahora sé que estaba condenado al fracaso”. Pero eso hace que su tenacidad resulte más desconcertante.
En su último libro, una autobiografía titulada Tiempos interesantes. Una vida en el siglo XX, Hobsbawm intenta explicar por qué. Por qué se mantuvo fiel a la línea del partido en 1939, cuando la Alemania nazi firmó un pacto de no agresión con la Unión Soviética, o durante las farsas judiciales de finales de la década de los cuarenta y comienzos de los cincuenta, e incluso después de 1956, el año de la insurrección en Hungría. Abundan palabras como “orígenes”, “generación” y “antifascismo”. Pero también “orgullo”: el rechazo jurado a abandonar un rumbo emprendido con nobles intenciones.
Al margen de las opiniones que uno tenga del comunismo, la autobiografía de Hobsbawm es un fascinante relato personal sobre una idea que atrajo a mucha gente por las mejores razones y aportó una excusa para algunos de los crímenes más horribles de la historia de la humanidad. Hobsbawm era, como dice en el prólogo del libro, “un observador partícipe”, un historiador además de un activista político. Es un hombre decente que sirvió a una causa sangrienta. Leer su libro es una experiencia grata e interesante, pero –al menos para mí– también frustrante. Quería saber más. Había demasiadas preguntas que no tenían una respuesta completa. Así que, con la esperanza de que me iluminara, decidí visitar al autor en su casa del norte de Londres.
Hobsbawm parece algo cansado de las preguntas sobre el comunismo. Se las han hecho demasiado a menudo. A la gente le gusta oír un mea culpa. Y ahí es donde entra su orgullo. Me preguntó si el comunismo era lo único que me interesaba de su libro. Hay capítulos, después de todo, sobre jazz, casas en Gales y viajes por América Latina, pero debía admitir que el comunismo era el aspecto más fascinante para mí. Sí, suspiró, bueno, probablemente era lo más difícil de entender. Fue un asunto generacional. Tenías “que estar allí”.
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