El poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente”. Esta célebre frase de Lord Acton no se refiere a la corrupción monetaria sino al uso aberrante del poder: al poder sin límite de los Césares romanos, por ejemplo, que engendró a Nerón y a Calígula.
Está en la naturaleza del poder la tentación de abusar de él.
López Obrador ha recibido de los votantes la mayor cuota de poder que se haya otorgado democráticamente a alguien en la historia del país.
¿Podemos decir que ha abusado de él? No lo creo. Podemos decir que tiene mucha prisa en ejercerlo y la decisión de aumentarlo. ¿Para qué?
Hasta ahora, para cumplir al pie de la letra con los cinco rasgos que Jan-Werner Muller describe como típicos de los gobiernos populistas. (¿Qué es el populismo?, Ed. Grano de Sal, 2017).
Primero: habla a nombre del pueblo bueno como una entidad distinta, en muchos sentidos opuesta, al resto de la sociedad y sus intereses torcidos, antipopulares.
Segundo: una vez en el gobierno, intenta capturar o dominar las otras ramas del Estado, en particular los otros dos poderes, el Legislativo, que Morena domina de entrada, y el Judicial, con quien estamos viendo en estos días unas vencidas en materia de austeridad presupuestal. Se ha planteado además un forcejeo político con los otros niveles de gobierno, el estatal y el municipal, mediante la siembra de una estructura de poder federal paralela.
Tercero: crea nuevas clientelas. Y de qué tamaño: subsidios para adultos mayores, estudiantes y jóvenes que no estudian ni trabajan. Unos cinco millones de ciudadanos. Y 50 mil nuevos efectivos de la Guardia Nacional.
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