Fanny Cano. Por siempre será Yesenia.

Las primeras lágrimas que le vi a mi mamá las lloré con ella. El sufrimiento era comprensible, diga usted si no, dado el infausto destino de Yesenia y Oswaldo que bebimos en traguitos de media hora  frente al televisor, como lo haríamos en un cáliz de vino amargo. 

Se entiende el llanto. Fue por solidaridad y contagio. A los cinco años de edad nadie sabe de entuertos amorosos pero intuye que algo pasa cuando la autora de sus días la está pasando mal, en este caso por los líos entre una gitana y un militar. Además Fanny Cano, quien encarnó a Yesenia, fue una de las primeras crías que me impresionaron. En cambio, Jorge Lavat, es decir Oswaldo, me quedó grabado con la voz de Homero en la serie de los Locos Adams.

Esto sucedió  hace algo más de medio siglo. Era 1970 y Telesistema Mexicano, empresa que tres años después sería Televisa, se nutrió del teatro, el cine, la radio e incluso de historietas como Yesenia, creada por Yolanda Vargas Dulché. Así, la televisión ideó un espejo de nuestra idiosincracia que abomina la discriminación mientras la ejerce, asocia la vileza con la fealdad física y la pobreza con la bondad, como en los cuentos de Disney pero en su versión nacionalista (además, quien tenga un cocker spaniel sabe que nada tiene qué ver con Reyna, la dulce novia de Golfo). Este es otro paréntesis: 

Luis Manuel Pelayo, actor de teatro y la voz radial de Kalimán, devino en animador de la televisión. Integraron el elenco varios cómicos y guionistas de teatro y carpa. Del último oleaje del Cine de Oro encallaron dos Silvias, una de apellido Pinal y otra Derbez. Una polifacética, fue también presentadora. Otra, reemplazó a María Teresa Rivas como emblema de los teleculebrones que, en 1958 junto a Rafael Banquells y por cortesía de Colgate-Palmolive, hizo llorar a la pujante clase media en Gutierritos. 

El paréntesis concluyó. Fanny Cano es parte de esa constelación aunque trascendió porque respetó su identidad, tanto, que a los 37 años renunció. Es decir, tomó distancia de las decisiones del consorcio que encarriló la industria cultural, siempre a las órdenes del presidente (“Somos soldados del PRI y del presidente Salinas”, proclamó Emilio Azcárraga finalizando los 80). Eso explica que Televisa reclutara artistas populares y los transformara en voceros de la familia y de los valores tradicionales. Así como a Mario Moreno “Cantinflas” lo convirtió en prevaricador social y sacerdote. 

Reitero: la michoacana Fanny Cano trascendió aquel revoltijo ideológico que llegó al paroxismo cada semana mediante el programa “Siempre en Domingo”, liderado por Raúl Velasco. Lo trascendió, digo, entendiendo que ella fue redituable y bien retribuida. Antes de ser Yesenia, había hecho 25 filmes y, a la par hizo dos telenovelas: La mentira (1965) y Rubí (1968). Pero nada de esto habría sido posible sin las lecciones de Seky Sano, renombrado actor, director de teatro y coreógrafo. Fanny Cano actuó en 1961 en la obra Babydoll, lo que implicó un formidable reto a la santurronería imperante y es la razón por la que engrosa las filas de este libro. 

Antes de seguir, noto que en estos dos últimos párrafos resalta una paradoja: en 1963, Fanny Cano y “Cantinflas” filmaron la cinta Entrega inmediata. Diez años después, el comediante se vendió a la gazmoñería televisiva mientras Yesenia tomó distancia de esa fábrica de realidad porque no incentivó sus sueños de actriz que la animaron desde que tenía 16 años.

El lector sabe que nunca será lo mismo un adefesio que, con refajos a los tobillos y blusas sin escote, atormenta a su marido “Gutierritos”, que una nínfula de formidable carga erótica, esposa de un viejo libidinoso. Que no es comparable un guión de Estela Calderón (¿quién diablos es ella?) con uno de Tennessee Williams adaptado al cine por Elia Kazan. Y que no es igual el rostro de María Teresa Rivas al de Fanny Cano (una es la bruja del cuento y otra es Blanca Nieves en liguero). No podría compararse ningún trabajo de Silvia Derbez con Fanny Cano en La Mandrágora que, en 1967, conmovió en el teatro.

En la telenovela Mamá Campanita, Silvia Derbez es una viejita aunque en esencia es la misma dulce e inexperta doncella del barrio que co-estelarizó con Adalberto Martínez “Resortes” el filme Baile mi rey (1951). Aquí, otra vez, hay una distancia sideral entre el guionista  de esa telenovela, perdido en los confines de la memoria, y el autor de La Mandragora. ¡Por Dios, estoy hablando de Nicolás Maquiavelo! Tampoco hay  comparación posible entre Mamá Campanita (cuyo alias remite a una anciana ocupada en poner hoja santa a los frijoles) y Lucrecia, la ninfa florentina que enloqueció a Calimaco. 

He aquí, además, que el nuevo anfiteatro de masas degradó diversas expresiones artísticas y desechó otras, no hubo cabida para Meche Carreño e Irma Serrano, por ejemplo, porque ambas contravenían con el plan de negocios de Telesistema Mexicano para incentivar a la familia tradicional a sentarse en la estancia en torno de la televisión. Por eso no admitió el desmadre de La Tigresa ni a La Choca que, inocente y sonriendo, ordenó nuestra vista hacía sus carnosas asentaderas. En ese entorno, Fanny Cano no tuvo ofertas más que de melodramas y eso la acorsetó. No tuvo cabida en la pantalla ni fuera de ella, en los cabarés, a donde acudieron muchas actrices para hacer de vedettes sin serlo, como Elsa Aguirre y Ana Luisa Peluffo.

Fanny Cano participó, eso sí, en algo parecido a un “destape nacional” que ocurrió incluso como requisito para contratar actrices. Hay centenas de fotografías, créanme, que recalcan la maravilla de su cara de mirada ausente, de labios delgados y cejas arrogantes, y sobre todo su esbelta humanidad acicalada en vestidos entallados, falditas o bikini. Pasó lo mismo con Regina Torné, María Sorté y Ana Martin por citar casos emblemáticos. Sí, escribí “Ana Martín”, hija de Jesús Martínez “Palillo”, el comediante que no se dobló a los imperativos de la televisión, la misma estelar de “El pecado de Oyuki” en 1985, basada en la historieta escrita también por Vargas Dulché. Acudo a ellas regularmente como pendones de tesón y orgullo, y agregó a Ofelia Medina, una gran actriz y danzante que cantó delicioso.

No sé cuántos lloraron el miércoles 7 de diciembre de 1983. Pero estoy seguro de que muchos lo hicieron cuando supieron que aquella persona reservada de ojos olivares y cabello rubio, había muerto. Tenía 39 años. Estaba en Madrid y eran las 8:45 de la mañana. Fanny Cano saldría del aeropuerto de Barajas cuando hubo un pequeño descuido de los que cobran vidas. El piloto de otro avión enfiló por la misma vía en la que estaba la nave que trasladaba a la actriz. Iba a más de 350 kilómetros por hora. Instantes después sobresalieron las llamas entre la bruma. El sábado siguiente llegaron sus restos a México, lo que conmocionó a los compañeros del gremio y sus hinchas que sufrieron a su lado en las telenovelas y festejaron como propios los triunfos de su vida ficticia. Muchas de ellas enjugaron el llanto, se peinaron como ella y bautizaron a sus hijas como “Yesenia”. 

Yo, por mi parte, cuando oigo “Yesenia”, me remito a la solidaridad plañidera que tuve con mi madre, al sonsonete de un comercial del aceite Maravilla y a uno de los primeros aquelarres de mi vida. Pero invariablemente arribo a Fanny Cano, aunque a menudo olvide que se llamó María Francisca Isabel Cano Damián.

 

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