La Habana. La Bodeguita del Medio está llena de extranjeros y afuera de Coppelia hay fila de cubanos para tomar un helado. Por el malecón caminan todos. También por la ciudad vieja. En La Floridita se pelean por los daiquirís y en las esquinas con Wifi se agolpan los locales con sus celulares casi nuevos.
Parecería un domingo cualquiera. Salvo porque hay silencio en La Habana. La muerte de Fidel Castro dejó a la capital sin volumen. No hay bullicio en las plazas, no hay carcajadas en los restaurantes y los bongós se esconden bajo sus fundas, arrinconados en los escenarios de los bares.
Y Cuba sin volumen es otra Cuba.
No hay gritos de llanto que broten en las calles —quizá los haya a partir de este lunes que se abra la capilla fúnebre con las cenizas del Comandante— ni tampoco se desató la fiesta de que “ahora sí, ahí viene la Cuba libre”.
Hay respeto, duelo callado de quienes ya sabían que esto podía pasar, pero lo sienten ahora que finalmente ha sucedido. El dolor inevitable para algunos que es anhelo para otros. Abonan al silencio de La Habana los fidelistas —que lo son, más que socialistas — compungidos, que recuerdan que él les dio todo lo que son y lo que tienen (en ese orden), y los opositores que toman la respetuosa distancia de no hacer ruido en el funeral del adversario.
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