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Tuve la inmensa fortuna de disfrutar interminables conversaciones con Ikram Antaki, fallecida en el año 2000 cuando estábamos a punto de iniciar un viaje a Siria, su patria de la que había huido víctima de la intolerancia y de la violencia políticas. Mis padres habían salido de Europa perseguidos por la brutalidad fascista española y la alemana, de modo que ambos disfrutábamos de una legítima correspondencia política de gran intensidad.

Ikram criticó el arribo al poder de AMLO en los últimos años del presidente Zedillo y, al igual que quien suscribe la presente, también publicaba sus puntos de vista en EL UNIVERSAL. Sin embargo, llegó a percibir el desprecio de López Obrador por la ley, hoy lamentablemente presidente de México en razón de la voluntad electoral equivocada del 33 % de los mexicanos, hoy gradualmente arrepentidos, según avanza la presente administración condenada al fracaso desde la cancelación del AICM, el error de octubre, más los de noviembre, diciembre y enero y los que se acumulen al paso del tiempo.

Como bien decía Ikram Antaki, debemos reconocer que “la razón no ha alcanzado aún la edad de la razón…” Me pregunto, si a estas alturas del siglo XXI la alcanzaremos, si es que alguna vez hemos dado con ella. ¿Somos mejores? De ser afirmativa la respuesta significaría que somos dueños de la razón y que también sabemos utilizarla en objetivos inteligentes, en los que no se le puede dar cabida a nuestras emociones.

Ikram, mi querida Ikram, publicó en este mismo diario, en febrero del año 2000, hace casi 20 años, las siguientes conclusiones en relación al acceso, a todas luces ilegal de AMLO, como Jefe de Gobierno, que someto gustoso a la consideración de mis dos lectores:

“Nuestro país no tiene una relación privilegiada con el derecho; de hecho, vivimos, en muchos aspectos, en una circunstancia pre-legal. No hemos interiorizado la ley y seguimos privilegiando las relaciones de fuerza. Hablar de “estado de derecho”, cuando no se tiene siquiera la idea de que un hombre absolutamente solo, erguido ante miles, puede tener la razón y que la fuerza del Estado en su totalidad, como garante del derecho, debe apoyarlo y hacerlo triunfar; hablar de “estado de derecho”—digo— en estas circunstancias, es palabrería vacía y es mentira.

Más información en: El Universal

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