La primera crisis del nuevo gobierno refleja, creo, algunas características de lo que hemos visto desde el 2 de julio en aquella larga e inédita transición y el primer mes y días de gobierno. Van algunas.
1. La decisión. El robo de combustible se había convertido, dicen los que saben, en el segundo delito más lucrativo para las organizaciones criminales del país después del tráfico de drogas. El asunto había crecido exponencialmente en el último sexenio, había provocado, además de las pérdidas económicas, violencia brutal en estados que hasta hace poco se sentían seguros, pienso en Guanajuato. La administración pasada fue ineficaz en frenar el delito. No es momento para saber por qué, pero por lo menos dudó o no quiso entrarle al problema. Este gobierno lo ha hecho. Decidió una manera de combatir el delito y la ejecutó. No es poco.
2. La desconfianza. El gobierno trata a los otros como adversario, como enemigos. Los gobernadores, la industria, buena parte de Pemex, fueron sorprendidos. No es raro, desde sus primeras explicaciones el Presidente de alguna manera involucró a todos esos actores en el “saqueo”. Y así los trató. Hoy no tiene aliados sino exigencias y quejas.
3. Los militares. La participación del Ejército y la Marina en el operativo confirma la absoluta confianza del Presidente en ambas instituciones en detrimento de otras. Descuenta que el Ejército haya estado metido en el asunto a pesar de que en el sexenio pasado fue protagonista de los operativos para, presuntamente, detener el delito.
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