A veces envidio a los políticos y a los personajes públicos. Viven, algunos al menos, en una realidad alterna, un universo paralelo.
Modifican, cuando discuten el paquete presupuestal (del que dependen las finanzas públicas y el pretendido balance ingreso-gasto) el precio del petróleo, o la paridad pesodólar, para que les cuadren las cuentas.
Imaginan que pueden impunemente entrometerse en la campaña electoral de nuestro país vecino del norte, como si eso no sentara precedente, no generara costos políticos y no dejara abierta la puerta para una flagrante intervención futura en nuestros procesos electorales.
Creen, otros, que la violencia criminal se combate prohibiendo o limitando programaciones televisivas, como si el narcotráfico respondiera a los ratings y no a realidades mucho más profundas y complejas. Como si los sicarios salieran a las calles a contratarse después de ver el capítulo de una serie, como si en los tiempos del internet y del pago-por-ver el horario fuera limitante para que niños y jóvenes vean lo que más les apetezca a la hora y en el lugar que deseen.
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