Ya se volvió muy rentable llamarse perseguido político. Ya cualquiera lo hace.
El junior que heredó el sindicato minero huyó a Canadá porque lo perseguían por haber desaparecido decenas de millones de dólares del fondo de sus trabajadores y pidió asilo como refugiado. El ex gobernador que entregó su estado al narco y que puso a su hijo a negociar con el capo dice que es víctima de una maquinación en su contra. La vitalicia dirigente de los maestros con vida de magnate. El hermano incómodo y su cuota de diez por ciento para cerrar cualquier trato en la Presidencia de su familia. Napito, Fausto, Elba, Raúl, como Villanueva, Lankenau, Cabal, El Divino, Espinosa, Hank. Puro Pobre Perseguido Político.
Y el más reciente, el impresentable ex gobernador de Sonora, Guillermo Padrés Elías. Basta hacer una revisión de los señalamientos en su contra: saqueó al erario y sin mayor sofisticación, depositó el dinero en sus cuentas personales; torturó y encarceló cuatro años a su trabajadora doméstica con tal de acusarla de la desaparición de siete millones de pesos, construyó una presa en su rancho y la mandó destruir cuando lo cacharon; inventó empresas, encumbró a sus hermanos, salpicó a su propio hijo y ahora sale con el cuento de que es un perseguido político.
¿Habrá alguien que le crea?
Atorados en el anhelo de un sistema político sin contrapesos, los caciques cometen las tropelías y piensan que no habrá consecuencias. De entrada, en Sonora la ciudadanía castigó al régimen de Padrés y le quitó la gubernatura al PAN, como se la quitó al PRI de Veracruz, Quintana Roo y Chihuahua por los mismitos motivos. Para zafarse de la justicia, a esta pandilla de ex gobernadores les han de aconsejar que “se victimicen”.
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