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La cima del “Estado rector” al que López Obrador quiere regresar es un Presidente que sea rector del Estado.

Ese tipo de presidente y de Estado encontraron su techo en 1982, en medio de una crisis mayúscula de legitimidad política y de finanzas públicas, con un déficit fiscal de 16 puntos del PIB, justamente en el año de 1982, que para López Obrador marca el inicio de la “decadencia” de México.

El “Estado rector” de aquellos tiempos y sus presidentes todopoderosos no se disolvieron por una conspiración neoliberal, sino por sus propias cuentas de ilegitimidad, corrupción, estatismo, dispendio y abusos presidencialistas.

Las cuentas fueron saldándose con la derrota progresiva del PRI en las elecciones y el advenimiento de la alternancia democrática en el año 2000.

Todo eso es historia conocida y juzgada para los mexicanos de mi generación, pero no para López Obrador, que se refiere a la época anterior a 1982 como a la última buena época de México.

Aquella historia tampoco está clara para la mayoría de los mexicanos que ven hoy en López Obrador el rostro del cambio deseado y se aprestan a votar por él.

Cambiar es el verbo de la hora en México, porque está todo el mundo harto del gobierno. La opción es un cambio como reforma o un cambio como ruptura, un cambio gradual o un cambio brusco: un ajuste o una sacudida.

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