Repantigado en el mullido sillón del amplísimo estudio, Gil pensaba en las actividades del presidente Liópez Obrador. Viaja sin pausa, no cesa de moverse, como si el movimiento fuera el resultado y no la causa de una acción. Gilga no recuerda otro Presidente hiperquinético.
Va al aeropuerto, se toma selfis con sus admiradores, graba mensajes a su paso por el campo, habla de flores y frutos, hace un alto en la carretera y compra jugo de piña, piña-miel, donde un hombre de trabajo se busca la vida. Cuenta chistes, denuncia ex presidentes sin prueba alguna. Se reúne con gobernadores y como escribió ayer Gil en esta página los arrastra y atropella con huestes morenas contratadas para eso, para abuchear gobernadores desafectos con la Presidencia, sus programas prioritarios, sus planes. Agotador. ¿Cuánto tiempo puede un hombre de 66 años soportar ese ritmo sobrehumano de trabajo? ¿Hay un médico entre ustedes?
El Presidente había arrancado el programa Sembrando Vida en Veracruz y aseguró que le alcanzarán los seis años de su gobierno para llevar a buen fin sus proyectos porque no trabaja ocho horas diarias, sino 16.
La verdad sea dicha (muletilla pagada por Morena en pleno), pareciera que el Presidente sembrará con sus propias manos sus árboles y entregará en persona las tarjetas para los viejitos y los jóvenes becados, que teodolito en brazos apuntará el trazo del Tren Maya, que alimentará los ductos de Dos Bocas. En fon y en fan, ¿no hay en todo esto una forma de la prepotencia?
Horas y deshoras
Ocioso como es cuando se pone ocioso, Gamés anotó en una hoja blanca: jornada laboral: 16 horas. Tiempo de comida: 3 horas (media hora desayuno, media hora cena, dos horas para la comida). Tiempo para aseo y baño: 1 hora 30 minutos, muy carrereados. Horas de sueño: 5, muy poco sueño para atender las urgencias de la cuarta transformación. Tiempo para reflexionar: 0 horas, la acción lo llena todo.
No le salen las cuentas a Gil. El día tendría que tener 25 horas y media para hacer y deshacer a una velocidad de pánico. La lectora y el lector y le lectere curiosos habrán notado que Gilga no ha puesto tiempo de calidad con su familia. Según este plan, el Presidente los volverá a ver dentro de seis años. Nos vemos, pórtense bien, volveré con el país a cuestas, transformado, próspero, sin pobres y en fon.
Pero como todavía no se inventan o fabrican días de 25 horas, hay una probabilidad de que el Presidente no trabaje dieciséis horas diarias, o de que no coma sino un tamal tabasqueño acompañado de su buen jugo de piña-miel; o bien, que duerma dos horas, en cuyo caso empezaremos a escuchar los discursos de un hombre dormido; o que le robe tiempo al baño. De otra manera las cuentas sencillamente no salen. Dios quiera y no hagan así las cuentas de la economía mexicana.
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