Sólo puede adjudicarse al Maligno, que está de moda, el hecho monstruoso de que Gil vea capítulo tras capítulo de El señor de los cielos. Los caminos del Diablo son misteriosos. Llevado por mano oscura ahí tienen ustedes a Gamés viendo la serie de televisión colombiana coproducida por Telemundo y Argos Comunicación.
El asunto empezó como que no quiere la cosa, un episodio para estar informados, y luego otro y otro y así hasta la ignominia. La primera temporada tiene ¡80 capítulos! Y la segunda ¡70! Enchufado a Netflix, los críticos acérrimos de Gilga afirman que ha perdido la dignidad y el gusto.
La lectora y el lector lo saben, El señor de los cielos cuenta la historia de Aurelio Casillas y la creación del cártel de Sinaloa. Los escritores de la serie, Luis Zelkowics y Mariano Calasso, basada en una idea original de Andrés López, le dan vuelo a la hilacha de la violencia, la corrupción y la impunidad del narcotráfico en México y Colombia.
No el menor de los atractivos de estas aventuras es que actúan muchas colombianas que a usted se le cae la baba, y muchos hombres que a usted se le cae la quijada. A los protagonistas los acaban de sacar del gimnasio media hora antes de grabar el primer episodio, la musculatura de Rafael Amaya en el papel de Aurelio Casillas, que en realidad es Amado Carrillo, ha sido diseñada por un entrenador de elite de un spa suizo. La barba crecida se la han recortado barberos de Sevilla y el corte de pelo es obra de un coiffeur doctorado en Harvard.
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