Entre una y dos horas diarias de conferencia de prensa. A veces más. El presidente contesta lo que sea. Tiene de todo y para todos. Escoge quién pregunta. Decide qué responde. Pueden preguntarle de si lo quisieron envenenar en la campaña y él terminar compartiendo que está pensando hacer un concurso a la fonda más limpia de México. Una pregunta de energía puede suceder a otra de migrantes. Una denuncia de un capitán corrupto en la costa mexicana puede anteceder a una definición sobre los apoyos al campo. Es el tianguis de las declaraciones. Anécdotas de viaje, reclamos de su esposa, pasajes de la historia, remedios caseros y recomendaciones gastronómicas conviven a diario con anuncios que mueven a los mercados financieros, definiciones dereformas constitucionales, acusaciones de comportamientos criminales y el cotidiano activar esa metralla de AK-47 que es la palabra del presidente cuando decide atacar a quienes ubica como sus adversarios.
La conferencia mañanera es el principal acto de campaña del presidente y a la vez su más eficaz arma política.
Pero también, casi a diario, pone a temblar a sus funcionarios: a ver qué se le ocurrió al jefe hoy.
Ya son varios integrantes del gabinete del presidente Andrés Manuel López Obrador que se quejan —medio en serio, medio en broma— de que tienen que sintonizar las mañaneras, o poner a alguien de toda su confianza a verlas en vivo, porque no saben qué día el primer mandatario dicta desde ahí una política pública que tiene que ver con su área pero de la que ellos no tienen ni la más remota idea: anuncia que habrá un plan de tal cosa, o que al día siguiente se presentará el programa de otra, y ¡todo mundo a correr! Todo mundo a la oficina a sacar los datos, las cifras, las ideas, preparar un Power Point para tratar de aparecer a la brevedad con la promesa del presidente echada a andar.
Y, claro, así como hay quienes hacen faena al toro, también ya son varias las ocasiones en que funcionarios públicos de distintas importancias quedan evidenciados por no estar en sintonía con la palabra presidencial, por presentar bosquejos de información que lucen hechizos, por anunciar programas que cuando se “detallan” siguen en las generalidades debido a que aún no están listos para echarse a andar.
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