El político perredista Jesús Ortega demandó a la periodista Sanjuana Martínez. La periodista en uno de sus trabajos mencionó que Ortega era cliente frecuente de un par de prostíbulos en los que incluso se cometían asesinatos. Es una acusación grave que Ortega hizo bien en no dejar pasar.
Los políticos están expuestos no solamente al escrutinio público que incluye la crítica, por supuesto, pero que también pasa por señalamientos falsos, caricaturas y ridiculizaciones. La libertad de expresión debe amparar al ciudadano y le debe dar licencia ante el poderoso, pero hasta eso tiene un límite porque si no viviríamos en una selva, pues al final del día los políticos, aunque algunos lo duden, también son personas. La defensa de la intimidad y de la reputación de las personas debe ser interés de todos.
El periodismo es un activo de la libertad y, por lo tanto, de la vida democrática. Pero deshacer personas mediáticamente es una mala práctica a la que se dedican con singular alegría algunos. La buena o mala reputación de cualquiera de nuestros políticos no debe ser motivo para las falsedades y ruindades comoa las que es tan proclive la señora Martínez. En esta moda de hacer leña política de cualquiera que se pueda se adhieren profesionales del odio prestos a solicitar que se suspenda la resolución judicial. Se equivocan, lo que hace la señora Sanjuana no es periodismo, es cualquier otra cosa (exhibición de miseria moral, desahogo, productos de la frustración), pero no periodismo. El daño que puede causar el mal periodismo no esmenor al que causan los malos políticos; de hecho, en la mayoría de las ocasiones van de la mano.

