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Desde que se supo que se estaba armando el caso contra Javier Duarte, a distintas oficinas llegaron empresarios que habían hecho negocios con él para confesar, devolver el dinero y pedir clemencia de las autoridades. El caso más notable —me han revelado al menos tres fuentes confiables— es el del gigante de las gasolineras Hidrosina, que pactó con los gobiernos federal y veracruzano la devolución de muchos millones de pesos al erario con el argumento de que ellos no sabían que era dinero sucio.


También brotaron prestanombres. Como un empresario —desconozco cómo se llama— que se acercó al gobierno para confesar que estaba a su nombre una torre en la calle de Prado Sur de la Ciudad de México, en la exclusiva zona de Las Lomas, y que en realidad no era suya sino de Duarte. La devolvió.


Pero lo más notable es que el primer círculo de cómplices del ex gobernador de Veracruz, Javier Duarte de Ochoa, fue doblando las manos. Prestanombres, amigos, cómplices, se fueron quebrando uno a uno. Hubo quien buscó al gobierno de Miguel Ángel Yunes. Otros se acercaron a las autoridades federales: Gobernación, Hacienda, PGR.


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