Yo trabajaba hasta hace poco, en un colectivo con el que me sentía profundamente comprometido. Sí, yo era parte fundamental de un grupo no reconocido oficialmente. Mis compañeros eran pocos y nuestras instalaciones eran muy discretas, están fuertemente vigiladas y notablemente equipadas con la última tecnología de cómputo.
Entre nosotros decíamos que éramos un grupo táctico y de alta precisión: “Los Nievi”, nos autonombramos en honor del más famoso francotirador del ejército ruso, Vassili Grigórievich Záitsevruso (apodado Nievi), quien él sólo, debilitó a los combatientes alemanes en la segunda guerra mundial, por la escrupulosa selección de los objetivos atacados; no se trataba de soldados comunes sino de otros francotiradores y estrategas militares enemigos.
El nombre se me ocurrió a mi, por una famosa canción de trova cubana —en su versión revolucionaria original: “Ojalá se te apague la mirada constante, la palabra precisa, la sonrisa perfecta, ojalá pase algo, que te borre de pronto, una luz cegadora, un disparo de Nievi…”
Lo reconozco. Éramos continuamente aleccionados. Y funcionábamos como secta secreta para intentar cambiar el régimen de corrupción, antidemocracia, injusticia e ilegalidad que nos tiene en la decadencia. Pero me salí. Los dejé cuando no me pudieron lavar el cerebro para transformarme en lo que tantos años critiqué: mentirosos manipuladores que por fines políticos contra el gobierno, tergiversan la información cual artífices de las campañas tan sucias como las aguas negras del drenaje.
No me gustan sus campañas y ataques. Ahora buscan empujar a los adversarios y luego, ellos disparan a la distancia y logran que un pequeño raspón se convierta en una gran herida sangrante. Sus logros son varios. Y los celebran en su pared de “trofeos”, que es un área donde pegan los recortes de sus logros más grandes, ya sean publicaciones en Facebook que llegan a millones de shares, o notas de medios tradicionales que no investigaron las fuentes y retomaron los rumores que ellos esparcieron.

