Si no existe el enemigo, hay que inventarlo. Para quien está obsesionado con la popularidad y quiere tener a sus bases atentas, en tensión permanente y movilizadas para lo que se ofrezca, acompañándolo en su papel de “pueblo” en la historia épica que quiere escribir, necesita un villano amenazante al que enfrentar y derrotar.
Las narrativas simples suelen ser efectivas y el jefe del Ejecutivo, sin ser buen orador, es un gran comunicador porque reitera el mismo mensaje sencillo y de fácil comprensión: él es el hombre bueno que desinteresadamente lucha a favor del pueblo esquilmado durante décadas por un grupo de malosos con ambición desmedida.
El maniqueísmo es explícito y no caben las medias tintas. Quienes desean ponerse en medio y jugar el rol de críticos independientes son tratados con la misma dureza que los adversarios. No es tema de causas, sino de disciplina y lealtad a la persona; discernir dónde está la razón es irrelevante y presagia traición.
De lo que se trata es de elegir bando y quien se equivoca paga las consecuencias.
El líder puede cambiar de opinión, hacer lo contrario a lo que dice, proponer aquello que siempre combatió, contradecirse, arriar las banderas más preciadas, mentir descaradamente y, en cualquier caso, la única respuesta admisible es el apoyo incondicional.
Si el relato le funcionó cuando estuvo en la oposición, ahora quiere que le sirva en el gobierno. Sólo necesita dejar asentado que La mafia en el poder ahora opera en las sombras contra su administración. Poco importa que muchos de los personajes que antes ubicaba dentro de esa figura sean consentidos de su régimen y hasta lo arropen en sus eventos. Mientras le crean sus seguidores, que no son pocos, cumple el objetivo.
Claro que polarizar desde el poder tiene delicadas reacciones secundarias que pueden salirse de control, pero es evidente que nuestro presidente, al igual que Donald Trump, se siente más cómodo en la confrontación. Además, eso le permite trasladar culpas y responsabilidades a sus adversarios por problemas no resueltos o conflictos inesperados, sobre todo cuando deslindarse con la excusa del “cochinero que le dejaron” ha perdido vigencia.
Aunque sabotear al gobierno tiene implicaciones penales, por el momento no se ve la intención presidencial de trascender el golpe mediático y su resonancia en redes sociales de la mera acusación, evitando así presentar pruebas y ser señalado como represor.
Acusar mano negra en el conflicto de la Policía Federal es continuidad con la narrativa que les sirvió para llegar al poder, pero adaptada a las nuevas circunstancias. La protesta policiaca por las condiciones de su traslado a la Guardia Nacional activó el resorte de la repartición de culpas hacia la tenebra, responsabilizando de manera directa al expresidente Felipe Calderón.
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