La dinámica de la sociedad representa el desafío mayor de la política. Las instituciones y las formas políticas convencionales enfrentan hoy día la presión de una exigencia pública mayor en todos los órdenes. La alternancia adquiere relieve, y no solo eso, actores y movimientos inéditos irrumpen en el escenario con impacto y éxito. Lo inesperado se ha instalado en la política, y eso compromete las formas y métodos convencionales existentes. Congresos, organizaciones, medios, partidos, legisladores y gobernantes actúan frente a una demanda social sumamente compleja y desafiante. Por su magnitud e implicaciones, es explicable que para algunos la respuesta sea la negación de la realidad imperante, actitud que conlleva mayor descrédito y que hace acrecentar la presión social por el cambio.
Las elecciones en el Estado de México ilustran la nueva dinámica social y política. Hasta hace poco era difícil prever que cuatro candidatos competitivos disputaran el triunfo. El umbral de la victoria es de menos de 30% de los votos. Hoy día lo más convencional es lo que más dificultad presenta para conectar con el nuevo electorado. Las opciones de alternancia no se dan en el marco del perfil partidario tradicional, a pesar de que el PAN presenta a una candidata de excelencia, sino en propuestas disruptivas: la de Morena y la de Juan Zepeda.
Sin embargo, en la recta final de la elección, Morena pierde fuerza en la medida que acredita que es más de lo mismo. La fuerza de López Obrador y de su proyecto político radica en plantarse como claramente diferente a lo existente, particularmente en el tema de la honestidad. Sus posibilidades se minan cuando del mismo debate y escrutinio público revelan prácticas que hacen que su proyecto se asemeje a lo que existe.
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