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Gil cerraba la semana con la garganta en jirones de fuego. Caminó así por la duela de cedro blanco pensado en la moral, ese árbol que da mareos. La Cartilla de don Alfonso Reyes que el Presidente entregó a viejitas y viejitos ha despertado el alma pacífica de Gilga. Mju. Decía Gamés: ¿debe un gobierno imponer una moral a la sociedad que gobierna? No, definitivo. Que cada quien haga de sus partes un papalote y, si no afecta a otros, dejemos que haga lo que mejor le venga en gana, si no comete un delito. Nadie tiene la obligación de ser feliz, ni de ser bueno, ni de recibir lecciones de bondad.

Gil recorrió sus libreros y sacó al azar algunos libros en los cuales recordaba un subrayado, un chispazo sobre la moral y sus alrededores.

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Fernando Pessoa escribió en 1931 una serie de reflexiones que explican uno de los dilemas éticos: ¿está bien hacer lo que creemos que está bien?, lea usted: “Tengo una moral muy sencilla: no hacer a nadie ni mal ni bien. No hacer a nadie el mal, porque no sólo reconozco en los demás el mismo derecho que creo que me corresponde de no ser molestado, sino porque me parece que los males naturales bastan para el mal que tenga que haber en el mundo. Vivimos todos, en este mundo, a bordo de un navío zarpado de un puerto que desconocemos hacia un puerto que ignoramos, debemos tener para con los otros una amabilidad de viaje. Y no hacer bien, porque no sé lo que es el bien, ni si lo hago cuando me parece que lo hago ¿Sé yo qué males causo si doy limosna? ¿Sé yo que males causo si educo o instruyo? La bondad es un capricho temperamental, no tenemos derecho a hacer a los demás víctimas de nuestros caprichos, aunque sean de humanidad o de ternura. Los beneficios son cosas que se infligen, por eso abomino fríamente de ellos.”

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Italo Calvino dejó en Palomar una pieza única de sabiduría y serenidad irrepetibles. El texto está compuesto por una serie de episodios que narran lo que le ocurre a un hombre concentrado en los mínimos detalles de todo aquello que lo rodea. Desde una terraza o en una carnicería, el señor Palomar desentraña varias de las posibles relaciones entre los humanos, los animales, la naturaleza y los objetos inanimados. Calvino propone: no hay ética sin el ejercicio constante de la conciencia.

“Sólo después de haber conocido la superficie de las cosas, dice Palomar, se puede uno animar a buscar lo que hay debajo. Pero la superficie de las cosas es inagotable”.

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Los ejercicios de conciencia del señor Palomar le permiten trazar relaciones inesperadas en lugares insólitos. “El estado de ánimo de Palomar que hace cola en la carnicería es al mismo tiempo de alegría contenida y de temor, de deseo y de respeto, de preocupación egoísta y de compasión universal, el estado de ánimo que tal vez otros expresan en la oración”.

Más información: http://bit.ly/2FynARL

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