Cuando quedó claro que institucionalmente López Obrador tendría pocos contrapesos —dado que manejaría mayorías en el Congreso federal y en muchos otros estatales— algunos analistas señalaron que al menos tendría dos, aunque informales: A) Sus asesores, que le harían ver las consecuencias de malas decisiones y normarían su política pública; B) los mercados internacionales, que le servirían como indicador para elaborar también sus políticas de modo que éstas beneficiaran al país sin afectar su economía y finanzas. Quedó claro que esos contrapesos no funcionaron; se sabía que Alfonso Romo y Carlos Urzúa estaban a favor del aeropuerto de Texcoco justo para evitar consecuencias financieras y de credibilidad negativas. Romo incluso aseguró varias veces a sus pares que Texcoco continuaría, pese a lo dicho por su jefe en ciertos momentos (dependiendo del auditorio). Ahora Romo ha quedado desacreditado, pues como interlocutor del empresariado su palabra ya no valdrá nada. Y Urzúa debe estar consciente de que sus consejos (seguramente sensatos y racionales) no necesariamente serán tomados en cuenta por su jefe. Clausurar Texcoco tuvo una racionalidad política: demostrarle a propios y extraños quién manda aquí. Es decir, el pueblo encarnado por AMLO: “¿Quién manda? ¿No es el pueblo? ¿No son los ciudadanos?”, dijo. Otro tanto hicieron en su momento Luis Echeverría y José López Portillo. ¿Cuál fue la ganancia política de ello frente a los costos económicos que generaron?
Desde luego, muchos presidentes deben marcar su territorio al llegar, establecer formas de interlocución, fortalecerse frente a ciertos actores. Pero la habilidad política consiste justo en hacerlo sin generar costos que pueden complicarle su gobierno. Las opciones para posicionarse frente a los empresarios no eran sólo clausurar Texcoco o aceptarlo sin chistar. Había puntos intermedios como, según había contemplado, rectificar el proyecto, limpiarlo, corregirlo, reducir sus costos, e incluso revisar casos de corrupción (en cambio, dice que les dará Santa Lucía a los mismos, decisión ininteligible). Pero cuando las cosas se ven de manera maniquea (“el que no está conmigo, está contra mí”), no hay puntos intermedios, no hay posturas de equilibrio; un extremo o el otro. Falta por ver el costo económico de ello (más allá de los movimientos en indicadores macroeconómicos, pues la pérdida o disminución de confianza podrá ser un elemento que inhiba nuevas inversiones a lo largo del sexenio). AMLO se quejó de que el país estaba en bancarrota, ahora será aún más complicado. Preocupa también que a los mercados internacionales sean vistos por AMLO como uno más de sus adversarios, como parte de la mafia del poder (ahora también internacional) a la que hay que enfrentar y poner en su sitio para que no abuse. Declaró al respecto: “Imagínense el Estado mexicano, democrático, de derecho al que aspiramos, supeditado a mercados financieros”.
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