Al responder un cuestionamiento de la prensa sobre la conveniencia de su reunión con el presidente Donald Trump en la Casa Blanca, el presidente Andrés Manuel López Obrador, en sólo 12 palabras, dijo una mentira y un falso positivo. No pudo justificar lo injustificable, pero la manera de esquivar preguntas y tratar de imponer su narrativa, no convenció. El tabasqueño no goza del consenso en la opinión política para responder en este momento al llamado de Trump, pero tampoco le importa. Se dice estar dispuesto a caminar en la cuerda floja y a tomar riesgos. Veamos.
Primero la mentira: “Es una visita de Estado”. El viaje de López Obrador no será una visita de Estado, cuyo protocolo incluye honores en el momento que llega a Washington, normalmente por avión a la Base Aérea Andrews, y una ceremonia oficial de bienvenida en el jardín sur de la Casa Blanca. Dura al menos dos días, y alojamiento en la Casa Blair, frente a la Casa Blanca, donde se organiza una cena de Estado con decenas de invitados. Asiste a diferentes reuniones y en ocasiones, habla en una sesión conjunta en el Capitolio.
Lo que habrá ahora es una visita oficial, sin ese protocolo y con duración de al menos 45 minutos, difícilmente más de dos. Entrará y saldrá de la Casa Blanca sin fanfarreas ni honores. La visita de Estado se otorga a países con quien hay una extraordinaria relación; la segunda, es de trabajo.
Segundo, el falso positivo: “No voy a cuestiones político-electorales”. Puede no ser su propósito, pero al viajar a Washington a menos de cinco meses de la elección presidencial, en plena campaña, López Obrador se está echando un clavado en el entorno político-electoral al lado de Trump, cuyas posibilidades para lograr la reelección han disminuido.
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