Todos los que aseguraban que no podríamos ganar, hoy tienen que reconsiderar su pesimismo. La Selección Mexicana nos ha dado una satisfacción histórica. Hay que ir por más. Sí se puede.
El voto de la indignación está a punto de colocarnos a las puertas del conservadurismo. La mayoría de los mexicanos que quiere votar por López Obrador considera que la corrupción nos ahoga, la democracia no ha servido, la violencia está desbordada y que de todo eso la culpa es de los gobiernos recientes. Tienen mucho de razón. La descomposición del sistema político y la inhabilidad de las administraciones que hemos tenido en los últimos años han sido notorias y costosas para el país. Pero los compatriotas nuestros que están a punto de votar por Morena no quieren darse cuenta de que sería peor el remedio que la enfermedad.
El simplista diagnóstico que tiene acerca del país, el limitado proyecto con el que pretende gobernar, las impresentables figuras de las que se acompaña y, sobre todo, el carácter regresivo de las medidas que quiere imponer propiciarán que, si gana, Andrés Manuel López Obrador sea incapaz de encabezar la solución a las acuciantes carencias que padecemos.
Para López Obrador el problema principal es la corrupción. Como su discurso solamente distingue entre la ubicua y mitificada mafia del poder y el resto de la sociedad, no puede reconocer que la dificultad más importante de México es la desigualdad. Su fórmula para combatir la corrupción es tan elemental que resulta ingenua. Suponer que el ejemplo de un Presidente honesto se diseminará forzosamente desde la cúpula hasta todos los escalones de la pirámide del poder político implica ignorar los muchos vericuetos de la descomposición que agobia al sistema mexicano y, también, las fatalidades de la tramposa naturaleza humana. A la corrupción sólo se la erradicará con la aplicación de la ley. Pero cuando un gobernante, o quien aspira a serlo, propone que con su comportamiento personal basta para trasmutar las inmoralidades de otros, estamos ante una idealización de sus propias capacidades a la que sólo se puede dar crédito con una buena dosis de fe.
Son muchos los que han resuelto, en un ejercicio de voluntarismo que abreva en la decepción, la desesperanza o la rabia incluso, tenerle fe a López Obrador. Entre sus adherentes no son pocos los que están dispuestos a admitir cualquier cosa que él diga, lo mismo que a rechazar cualquier cuestionamiento a esa idolatría y a su beneficiario. Ante los abusos del PRI y el escepticismo respecto de otras opciones, los partidarios de López Obrador han resuelto creer que él es la posibilidad de cambio. No quieren advertir que, en realidad, se trata de todo lo contrario.
El proyecto de López Obrador mira hacia atrás. Ésta no es una interpretación, sino la lectura fiel de su discurso. Ha propuesto retornar a la etapa del desarrollo estabilizador, a la sustitución de importaciones, al México que produce todos los productos que consume. Incluso ha idealizado, como prototipo del país que quiere, la política económica de Antonio Ortiz Mena, el secretario de Hacienda de Adolfo López Mateos y Gustavo Díaz Ordaz.
El México que AMLO toma como modelo es el de hace cincuenta años. No se da cuenta de que el país y el mundo han cambiado un poquito desde aquella época. Por eso no entiende la globalización financiera y cultural, la revolución informática, el irrefrenable intercambio económico ni la expresión política de esos cambios que es la democracia asentada en la sociedad organizada.
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