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Las recientes encuestas de aprobación presidencial muestran que los hechos del gobierno, valorados a la baja, van imponiéndose al discurso del Presidente, siempre eficaz en el espacio público, incluso en sus resbalones y en sus exabruptos.

El discurso presidencial es convincente, pero empiezan a ser más visibles los pocos logros de su gobierno.

El Presidente pasó un mal rato en su tierra natal, Macuspana, oyendo de sus paisanos que sus programas sociales no llegaban a la gente.

Y está pasando un mal momento al tratar de imponer sus palabras, sus ocurrencias y sus descalificaciones, a la marea de la movilización femenina.

La constante es que el Presidente sigue girando cheques caros contra la cuenta de su credibilidad. La cuenta empieza a mermarse, como cualquier cuenta que no renueva sus fondos, y el discurso se merma también, por la repetición, y por su inamovilidad argumentativa.

Es un discurso potente pero no es flexible a la realidad, no reconoce la realidad, compite con ella. Ha ganado muchas veces la batalla del discurso contra los hechos llevando la atención pública a temas que le interesan al gobierno y distrayéndola de los que lo afectan.

Pero la disonancia entre el discurso y los hechos es cada vez mayor. Los trucos y los argumentos discursivos tienen rendimientos decrecientes en general y un efecto bumerang, estridentemente adverso, en amplias franjas de las redes sociales.

A estas alturas del gobierno, con la economía en el piso, la seguridad sin control y los programas sociales cuestionados por sus propios beneficiarios, el gobierno y el Presidente necesitan ponerse a revisión, aceptar sus errores, corregir.

Más información: http://bit.ly/2TrB0o8

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