Gil despertó y recogió del piso lo que quedaba de él. Un hueso por aquí, un pedazo por allá, la autoestima metida en el tambo de la ropa sucia. Ah, que noche aquella que pasó Gil por los filtros de la elección estadunidense: preocupación, mentira, sinrazón. Contra todos los vaticinios, Trump había ganado la presidencia de Estados Unidos. Y mientras más se inquietaban los analistas en las televisoras, más perturbaciones atravesaban la cabeza de Gil: agresiones a granel, amenazas cumplidas, infamias sin pruebas de parte del candidato republicano. Gilga es de los que cree que si Trump cumple un tercio de las amenazas que ha proferido contra México y los mexicanos, la pasaremos muy mal todos.
Los periódicos habían cerrado más tarde que nunca su edición para dar la noticia, y la dieron: Donald Trump ha ganado la presidencia de Estados Unidos. Estupor, azoro, incredulidad, lamentos. El nuevo presidente de Estados Unidos combatirá a los migrantes con una espada de fuego e iniciará deportaciones inmediatas, el nuevo presidente revisará el TLC con una lupa, ese mismo presidente construirá un muro en la frontera. Dirán la misa, pero los partidos de izquierda debieron tomar de inmediato una postura ante el triunfo de Trump. Gilga se pregunta: ¿cuáles partidos de izquierda? Qué desastre. Entonces, ¿quién enfrentará a Trump? ¿Nadie, nada, nunca?
Nacionalismo
Gil abandonó el mullido sillón y preguntó a los cinco vientos (si hay cuatro, por qué no cinco vientos): ¿Existirá en México un político intenso, o un grupo de políticos, que responda a los agravios de Trump? Es el momento del nacionalismo, en el mejor sentido de la palabra (si lo tuviera).
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