Lo normal es que países que colindan con una potencia asuman una actitud defensiva. Lo extraordinario de nuestro tiempo es que hay una superpotencia que se ve a sí misma como víctima (“nos quitan nuestros empleos, nos mandan a sus hombres malos, nos vapulean con tratados injustos”), temerosa (los que alzan muros para protegerse son los que tienen miedo) y agresiva (los que recurren a la violencia son los más inseguros). Extraordinaria es, también, la profunda transformación del nacionalismo mexicano.
Frente a las actitudes y el discurso francamente antimexicano de Trump, los mexicanos apenas se manifiestan (más la élite que el pueblo), y, si marchan, no se detienen frente a la Embajada americana, como antes era parada obligatoria de cualquier marcha. No he registrado un solo incidente contra turistas norteamericanos en México (gringos go home). Los boicots contra empresas americanas no han sido secundados. El día en que se jugó el Super Bowl –espectáculo gringo por excelencia– los restaurantes estaban abarrotados de espectadores. Al día siguiente todos los periódicos mostraban fotos del partido en sus primeras planas. Con una madurez nacional poco común, los mexicanos han sabido distinguir las actitudes hostiles de Trump de las del pueblo vecino. Con excepciones: los videos de agresiones verbales contra migrantes. Frente a esos hechos, hay indignación mexicana, pero sobre todo templanza. ¿Qué pasó en México que de pronto superó ese nacionalismo a la defensiva y victimista que durante décadas nos caracterizó?
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