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Es Morena quien puso en la palestra pública a su honestidad como dato incuestionable. Al declarar que es el único partido honesto en México, y, por tanto, el único con un proyecto político distinto para el país, carga con la responsabilidad de poder probarlo fehacientemente. Es por esta circunstancia, y por los casos de Eva y Delfina, que su honestidad sí está a debate.


El PRI es estructuralmente corrupto, y cuadros del PAN, PRD, Verde y otros partidos se han sumado a la cultura de la corruptela como instrumento para hacer política (compra de votos, por ejemplo) y, en demasiados casos, para enriquecerse personalmente. Por esto, y por la prevalencia de la violencia corruptora del crimen organizado en el país, el combate a la corrupción es un problema de orden estratégico.


La relación entre corrupción y Morena viene desde su concepción del método de gobierno. Miles de funcionarios de estructura del gobierno de López Obradorrecuerdan que les exigía 10% de su salario quincenal para “La Causa”, so pena de perder el empleo de no cumplir con esa exigencia de carácter “moral”, no escrita. Hoy dirán que fue voluntario el descuento. Nunca se reportó el destino de ese dinero. Por otro lado, operadores como Gabriel García Hernández, actual secretario técnico del Consejo Nacional de Morena, y Octavio Romero, Oficial Mayor del Gobierno de la Ciudad de México, de 2000 a 2006, formaron las organizaciones Honestidad Valiente y Austeridad Republicana para administrar y lavar grandes sumas de dinero, sin poder esclarecer ni su origen ni destino. Incluso, HSBC tuvo que cancelar la cuenta bancaria que tenía Honestidad Valiente en esa institución, porque recibía enormes sumas en efectivo, sin que dicha entidad tuviera operación profesional o productiva que justificaran sus movimientos. Central en la extracción de recursos del erario fue el manejo de los depósitos en las cajas de previsión para trabajadores en lista y la policía del gobierno local. Usaron fondos de los ahorros de los empleados para esquilmarles prestaciones y hacer jineteo de sus derivados. Todo rodeado de la opacidad de funcionarios centrales que daban su visto bueno a esas prácticas.


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